Filipinas IV: Vuelta a Manila y nuevo voluntariado WorkAway

Habían pasado quince días desde mi llegada a Sorsogón y tocaba volver a Manila, para allí, esperar a que mi vuelo a Kota Kinabalu saliese el día 4 de noviembre. Tenía una semana por delante para hacer un nuevo voluntariado y terminar de ver parte de la gran capital filipina, donde se me habían quedado cosas interesantes pendientes de la primera visita.

Para el viaje en esta ocasión elegí un autobús más económico, de los 700 pesos con aire acondicionado a los 550 pesos sin él. Además de ahorrar dinero, me iba a ahorrar el riesgo a pillar un catarro, algo que por otro lado no es un lujo que me pueda permitir viajando. Ya conté en el artículo correspondiente, que aunque todos estaban pasando frío, el aire acondicionado no se bajó en ningún momento y por la noche, sin el calor del sol, realmente la temperatura y la sensación térmica era la de un buen otoño español, obligándome a utilizar las dos prendas de abrigo que llevo a mano en la mochila. Otra ventaja del autobús sin aire, es que las ventanas van abiertas y de nuevo, me pude sentar en el primer asiento, solo ocupado por mi, que me dio la posibilidad de encender algún cigarro con el permiso de los conductores, que también aprovechaban esa ventaja.

Llegó la hora de partir

Antes de salir con el autobús, previsto a las 4pm, estuve esperando en casa a que Macky y Tom llegasen de su visita al volcán Bulusán, donde habían ido por la mañana, tras acompañarme a la ciudad a comprar el ticket anticipado y a hacer un par de recados. No llegaron a tiempo, así que solo pude decir adiós a Daddy que estaba en casa y a mamma Marlyn que estaba en su tiendecita despachando. David a esas horas normalmente estaba trabajando con sus clases de inglés y a mamma Elma tampoco la pude ver.

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Durante mi espera en la parada del jeepney que me acercaría hasta la estación de autobuses, de repente, mis ojos no daban crédito a lo que estaban viendo. Creo que nadie de la parada lo podía creer por las caras tras el suceso. Resulta que un triciclo que había arrancado con normalidad, con el conductor y unos niños montados en él, aceleró de repente y se fue a estampar contra la casa de enfrente, un perro que estaba atado gracias a sus reflejos salvó la vida, pero no se libró del susto, que hizo saber con sus ladridos de queja. Los niños bajaron sin problema y a salvo, pero el conductor que tampoco le había pasado nada, casi ni se tenía en pie cuando intentó moverse. Un vecino ayudó a parar el motor y desatrancar de entre los matorrales el vehículo. Aquí no saben, quizás, que si bebes (mucho) no conduzcas.

Tras el accidente del triciclo el jeepney tardó poco en llegar y me dejó en la estación de autobuses con tiempo suficiente, aunque aún pude ver otro accidente de una moto, que sin razón aparente, se cayo al suelo en una curva. No soy paranoico, pero no había visto ningún accidente hasta entonces y de repente vi dos seguidos. Pensé que aún me quedaban más de doce horas de viaje por delante y esperaba no verme afectado yo por uno.

La llegada a Manila

Afortunadamente todo fue bien y llegué de madrugada a Manila tras poder echar alguna cabezada en el viaje. Ya en Manila tenía que buscar la manera de moverme desde Pasay, donde me dejó el autobús, hasta Bicutan, mi zona. Un jeepney de nuevo era lo más económico y también sencillo, pero había que encontrar el que llegase hasta allí. Con la experiencia no tardé mucho en encontrarlo y aunque no me dejó donde creía, no estaba alejado y tras preguntar un par de veces, llegué, andando alrededor de un kilometro subiendo y bajando pasarelas para atravesar las autopistas, a la estación de triciclos de Bicutan.

El triciclo me dejo en la calle Rusia, digamos una de calles principales de esa zona de Manila y allí tenía que cambiar a otro que sería el que haría el ultimo trayecto. En el cruce, donde normalmente me había subido otras veces, me ofrecieron hacer el trayecto por 35 pesos, servicio especial, que por supuesto rechace, normalmente cuesta 8 pesos, está claro que por la hora, alrededor de las 5am, tendría que esperar bastante hasta que se llenase, caben 6 personas, así que me coloqué en la esquina de enfrente a que alguno fuese hacia allí y aceptase un precio más razonable. Tardó 2 minutos en llegar y me pidió ¡¡¡38 pesos!!! Le dije que no, con un gesto de desaprobación evidente y el conductor insistió, ahí le ofrecí yo 10 pesos, que curiosamente aceptó sin problema. Inteligente por su parte, ya que el trayecto lo hacía igual, pero ganarse ese tramo para gasolina, era una buena idea.

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Al llegar a casa tenía que esperar a que Rowana llegase, es la chica que se encarga de hacer las coladas para Bianca, para que me trajese las llaves y poder entrar. Angelica, la perra, había estado acompañada hasta la noche anterior por otros voluntarios a los que yo sustituía, pero ya amanecía y necesitaba dar una vuelta matinal, así que deje mis mochilas en la puerta tapadas por la colada que estaba tendida y Angelina y yo nos fuimos de paseo.

Rowana ya sabía que estaba esperando por los mensajes que nos habíamos enviado a mi llegada desde el autobús y durante el trayecto en jeepney y triciclos, así que no tardó mucho. Sardor se había ido por sorpresa unos días antes y Bianca me dio permiso para usar su habitación durante mi voluntariado en su casa, toda una suerte para mí.

Comienza el voluntariado en casa de Bianca

Al hablar de esto en los mensajes que nos intercambiamos también me avisó que llegaría gente a pasar unos días, entre ellos Kira y Jesco, la pareja de alemanes que ya había coincidido conmigo y con los que tan buena onda había tenido. De echo aunque no lo conté, en nuestra primera coincidencia en casa de Bianca, me dieron 1000 pesos como ayuda para mi viaje y yo por mi lado también aporte algo a un proyecto muy interesante que Jesco tiene en marcha y con el que seguramente seguiré ayudando en el futuro durante mi viaje. Esta es la web y la puedes ver tu mismo, está en alemán de momento, pero me consta que Jesco está trabajando en otros idiomas.

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Rowana se encargó de dejar también mi ropa limpia, que acumulaba desde mis últimos días en Sorsogón, así que cuando terminó su trabajo se despidió y yo me quedé a la espera de los demás couchsurfers que llegarían. El primero fue Phil un ingles que ocupó mi anterior habitación y que se metía entre pecho y espalda cada mañana una lata grande de atún y media docena de huevos cocidos, solo la clara. La verdad es que el tío estaba fuerte, cuadrado para ser sincero y también iba cada día al gimnasio.

Ese primer día me quedé en casa, excepto para salir a comprobar el cable de corriente de mi ordenador que durante mi trabajo dejó de hacerlo. Ya había tenido que cambiarlo un par de veces, en Malasia e Indonesia, así que me dolía comprar uno nuevo ¡maldita obsolescencia programada! me dije. Busqué la información de las tiendas Mac en Manila y me moví hasta un gran centro comercial no lejos de la casa, pero tampoco al lado. De nuevo una aventura para llegar. Me monté en el primer triciclo disponible y le hice ver al conductor el mapa que llevo en el móvil, me dio unas indicaciones que me hicieron dudar porque eran en sentido contrario al que el mapa decía, así que me baje en la primera parada que encontré con más triciclos y allí con los conductores, medio en broma, medio en serio, logre encontrar el modo de llegar haciendo varios cambios, hasta que en el penúltimo un muchacho, Joemar Asturias, me pregunto dónde iba y qué buscaba y afortunadamente él lo conocía. Me acompañó y también pago el jeepney con el que llegar, pese a mi insistencia de que fuese al contrario.

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En la tienda probaron el cable y funcionaba, una cosa de los duendes de la electrónica, ahora tenía que probarlo de nuevo en casa, pero parecía que no habría problema, y no lo hubo. Ahorré un dinero que necesitaba para otras cosas. El camino de vuelta fue sencillo y lo hice del tirón, dando un paseo final hasta la última parada de triciclos.

Todavía estábamos solos Phil y yo, y alrededor de media noche llegaron Kira y Jenco los alemanes, con una gran alegría para los tres por volvernos a encontrar. Estuvieron solo un día y seguían con su viaje con destino a Sri Lanka hasta diciembre, que volvían a Alemania. Esa mañana yo decidí visitar el parque Rizal, que todavía no había podido ver entero y así de paso escribir sobre los distintos sitios que visitase, siempre que fuesen gratis. Estuve todo el día y fue gratificante y enriquecedor ¡¡la de historia que he podido conocer de Manila y Filipinas gracias a Mi Nube!!

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Por la noche llegó otros de los couchsurfers, un italiano llamado Walter y con el que tuve la suerte de coincidir, porque entre ambos se generó una hermandad que llegó hasta el día que ambos nos íbamos de Manila y todavía hoy continua en la distancia.

Cada día al despertar podíamos charlar durante largo rato, afortunadamente el sabe algo de español y me facilitaba la comunicación. El domingo tras una de nuestras largas charlas, Walter y yo decidimos ir a visitar Manila juntos, yo tenía conocimientos de como movernos por allí y el me sugirió sitios que había buscado, y que me parecieron muy interesantes. Así que comenzó una colaboración enriquecedora para ambos. Por ejemplo me sugirió el barrio chino de Manila o Binondo que es como se llama, cerca de Intramuros, y que me pareció una gran idea. Durante la visita me enteré de que fue el primer Barrio Chino en el mundo, creado por los colonos españoles en 1594. Estos chinos eran católicos y los españoles no lo hicieron por gracia de Dios y en agradecimiento a su conversión, sino como una manera de tener controlada la comunidad china en un sitio común. Aquí puedes leer más sobre esta curiosa historia.

Walter es un amante de los masajes, quien no ¿verdad? y a mi también me gustan. Después de tanto andar durante casi todo el día, nos cruzamos con un salón de masajes tailandeses y entramos a preguntar, el precio eran 200 pesos (menos de 4€ al cambio) por el masaje seco de una hora y Walter me quiso hacer un regalo. Me invitó al masaje y durante esa hora pudimos recuperarnos del cansancio y las chicas nos recompusieron los cuerpos. Cuando salimos veíamos la vida de otra manera.

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Tras el masaje anduvimos hasta bien entrada la noche visitando más iglesias y monumentos, andando por calles y avenidas, viendo la pobreza que se extiende por la ciudad, donde las gentes tienen montadas sus pequeñas chabolas en los soportales de las avenidas del centro, donde cocinan y viven a diario, sin molestar a nadie y simplemente saliendo adelante como pueden. Imágenes duras para un europeo, pero por desgracia, algo normal en Manila.

Antes de volver a casa pasamos por un gran centro comercial a hacer la compra para poder cocinar por nosotros mismos y para Bianca, que ya había llegado. En casa estaba ella con Phil y Kevin, un nuevo couchsurfer belga, que también viajaba dando la vuelta al mundo, aunque de forma distinta a la mía. Ambos nos interesamos por las historias del otro y a mi sobre todo lo que me gustó y llamó la atención es que con poco más de 20 años, se había lanzado a la aventura con su mochila y unos billetes de avión. Admirable y con el que también compartimos buenos momentos. Walter y Kevin se pasearon al día siguiente por las partes de Manila que yo ya había podido visitar y que les aconsejé. Por mi parte me quedé en casa siguiendo con mi trabajo de escribir y preparando el viaje que sería dos días después.

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El martes poco más que hacer, simplemente seguir con mis cuidados de Angelina y esperar al miércoles, día que tenía que volar temprano y sobre todo acudir pronto al aeropuerto ya que se trataba de un vuelo internacional. Walter también volaba, el se iba a pasar unos días a Cebú y Malapascua, así que decidió venir conmigo y esperar su vuelo tras mi marcha.

Acaba mi viaje en Filipinas

Amanecimos pronto, teníamos que encontrar la manera de llegar al aeropuerto y el taxi no era nuestra opción predilecta. La casa de Bianca está en una zona de transito, pero mayormente para triciclos. Ambos creíamos que saliendo aproximadamente a las 6 de la mañana nos iría bien para montarnos en uno y llegar hasta la estación de triciclos/jeepneys de Bicutan, sin embargo, nos dimos de bruces con la realidad. Los triciclos, en su mayoría eran de escuela, sí, también los escolares se mueven en ellos para ir cada día a clase, y los que no, iban llenos, por lo que la cosa se ponía difícil con mis mochilas y su maleta.

Después de esperar durante más de quince minutos decidí hacer dedo y una camioneta que salía de nuestra urbanización se detuvo, Alan me preguntó donde íbamos y para nuestra sorpresa accedió a llevarnos. Ahora estábamos en la calle principal, la calle Rusia, pero ya había amanecido y el ajetreo era el de cualquier ciudad un día laborable por la mañana, con los estudiantes yendo al colegio y los demás a su trabajo. Aquí fue Walter quien preguntó a John, un conductor particular, que de nuevo nos dio chance para subirnos al coche y acercarnos hasta la entrada de la terminal, desde allí andando y a la búsqueda del jeepney o triciclo que nos llevase al aeropuerto. Creíamos que lo encontraríamos, ya que yo en otras ocasiones esperando el mío para llegar a casa, había visto subirse a otros clientes en triciclos para ir hasta allí, pero no, la terminal de vuelos internacionales está vetada para ellos y no llevan a nadie.

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El tiempo se echaba encima y seguíamos tragando humo sin parar, yo me empezaba a agobiar y ya con la decisión tomada de aunque fuese movernos en taxi, no hubo manera de encontrar ninguno vacío, ni siquiera en un gran cruce con una circulación infernal y con la policía intentando ayudarnos a parar a algunos, pudimos encontrarlo. Volvimos sobre nuestros pasos y nos dirigimos de nuevo a la terminal, cuando llegamos nos dieron un grito, eran conductores de motos que esperaban clientes.

Les dije dónde íbamos y les pregunté por el precio, nos pidieron 200 pesos por persona, Walter intentó negociar la mitad de precio, pero no se bajaron del burro, siguieron insistiendo que ese era el precio y que con ellos tendríamos más suerte que con un coche, además de ser más barato. Yo decidí aceptar, Walter mientras se fue a cambiar unos dólares por pesos en un lugar cercano, tenía que cubrir la tarifa de ambos porque yo no llevaba suficiente efectivo. A su vuelta quiso seguir negociando, pero le metí prisa, mi tiempo se terminaba.

Por fin llegamos al aeropuerto con tiempo suficiente. Cada uno fue a su mostrador para recoger la tarjeta de embarque y mientras hacíamos tiempo tomando un café, especulamos dónde nos encontraríamos si finalmente hubiésemos podido encontrar un taxi, seguramente atascados y con los nervios de punta, sin poder hacer nada más que esperar. Antes de despedirnos buscamos un cajero y saque el dinero para devolver a Walter el préstamo por el trayecto de la moto.

Aquí terminó mi viaje durante un mes por Filipinas, aunque desgraciadamente solo pude visitar dos zonas de la isla de Luzón: Manila y Sorsogón, pero contento por haber podido conocer a gente que se mantendrán en mi memoria para siempre. Gracias a [email protected] allí.

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El vuelo fue tranquilo, llegué a la hora prevista a Kota Kinabalu y de nuevo estaba en Malasia, país que en el viaje he visitado en cinco ocasiones y que casi se ha convertido en mi segunda residencia en este año increíble por el Sudeste asiático. Bueno, bonito y barato, que diría aquél.

De nuevo en Kota Kinabalu tenía previsto hacer otro voluntariado y seguir conociendo la ciudad, pero esto será la historia para el nuevo artículo. Hasta entonces y como siempre…

¡Pura vida!

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