Fiyi 1: Comienza una nueva etapa en el viaje

El viaje desde su creación, lo dividi en varias etapas, como puedes ver en esta página del blog con el proyecto de La Vuelta al Mundo sin Prisas. Pero como ya he comentado en varias ocasiones y me gusta insistir estoy abierto a los cambios, y una dosis de improvisación, hace que todo sea más interesante. El universo ofrece y yo recojo lo que me da y por ello, improvisando pensé en crear intermedios que uniesen cada una de las cuatro partes de que consta el viaje y esta, que andará por el Pacífico, la he llamado Entre dos Tierras.

Así pues, en la ruta que tenía marcada al comienzo del viaje, las islas del Pacífico no entraban en los planes. Desde Nueva Zelanda, las antípodas de España, que era el final de la primera parte del viaje, quería cruzar a América, para comenzar la segunda.

En Australia, estando ya en el continente oceánico, y echando un vistazo al mapa de la zona, me di cuenta que aunque con un acceso complicado, ya que son islas, tenía más fácil llegar de lo que pensé viéndolo desde España, la otra parte del mundo, antes de salir.

¿Por qué elegí Fiyi?

También fue en Australia donde por las leyes de inmigración de Nueva Zelanda, se me obligaba a tener un billete de avión de retorno, o por lo menos un vuelo que me sacase del país cuando el visado expirase, pasados tres meses, aunque es de un año y puedo volver de nuevo por periodos de tres meses. Atentos a esto si viajáis al país de nuestras antípodas y que no os pase como a mi.

Me enoje con la azafata de la compañía aérea que me atendió ya que me negó la tarjeta de embarque si no tenía ese vuelo. Cogí de nuevo mi mochila de la cinta transportadora y me dirigí a la puerta del aeropuerto para buscar lo más rápido posible el destino que me sacaría de Nueva Zelanda.

Debía de chequear todas las opciones que viese. Las islas del Pacífico o quizás volver de nuevo a Australia, que podría ser una buena idea ya que muchos vuelos salen con destino a América. Sin embargo vi que llegar a Fiyi, entraba en mis posibilidades, tanto de recursos, como de interés y me daba la opción de un nuevo país en mi recorrido, además pensé, ya que he abierto la opción de navegar hasta América, en vez de usar el avión, quizás pueda encontrar en Fiji ese velero que me lleve.

Así que compre el vuelo a Nadi por unos 135€ con todos los gastos incluidos, o eso pensaba, ya que en Nueva Zelanda debí de hablar con la compañía y añadir mi mochila, que me costó otros 10€ más. Cosas de las agencias de viaje por internet, que no te dan la opción al hacer la compra. Y menos mal que lo revise, porque si llego a dejarlo para el día del embarque el precio se multiplicaba por 5.

Así que esa mañana del día 22 de junio, un nuevo país se añadía al viaje.

Como funcionan las cosas de inmigración en Fiyi

En Fiji también las leyes de inmigración te obligan a tener un vuelo de retorno, una complicación, ya que si tenía la opción final de navegar, iba a desperdiciar un dinero que necesitaba para otras cosas. Lo que es diferente a otros países que he visitado, es que la visa de turista te sirve para estar en el país cuatro meses, aunque al entrar tienes que decir cuanto tiempo tienes previsto quedarte. Como cumplí con lo dicho, un mes, no se si hubiese tenido problemas en caso de haber estado más tiempo.

Para conseguir ese billete de salida y no tener que poner dinero por delante, puse mi cabeza a pensar ¿qué otras opciones tenía? Recordé a un amigo de Madrid que trabaja en una gran compañía de viajes y le escribí un mensaje, a su vez me vino a la memoria otro amigo, este en Menorca, con el que durante mi tiempo en la isla trabajando en la radio, había podido colaborar cuando ponía en marcha algún viaje para mí o para mis oyentes. A través de Ángel, otro de mis amigos en la isla, lo localicé, ya que no tenía ningún contacto tras tanto tiempo transcurrido. Conseguí su email y le explique lo que necesitaba.

Mi primera opción que había barajado, no me respondió, no hasta pasados más de 15 días desde que le había escrito y ya estaba en Fiji con todo solucionado gracias a la segunda.

Por otro lado, mi amigo Rafa de Menorca, fue rápido y con su experiencia me hizo un billete que tenía el mismo aspecto que uno comprado de verdad. No es ilegal, realmente puedes comprar un billete de los caros y cuando llegas al destino, anularlo, sin gastos normalmente, así que es lo que Rafa hizo para mi, pero yo no tuve que adelantar ningún dinero.

El vuelo era a Sydney y de allí a Londres, como una manera más convincente de demostrar que me iba a ir de las islas. Este billete se lo mostré al azafato de Air New Zealand que me atendió, todavía con las legañas en los ojos, y lo dio por válido, así que no el obstáculo estaba salvado y podía volar y entrar a Fiyi sin problemas.

Mi llegada a Fiyi

El avión desde Auckland a Nadi, llegó a su hora poco más de mediodía. Todo iba rodado. Ahora tocaba buscar como llegar a la casa de Johnny, el couchsurfer que me había aceptado por unos días. Pregunté en el aeropuerto a unos hombres que estaban apostados a la salida, me recomendaron el taxi, les pregunté por el autobús y me dijeron que no había, a su parecer el taxi era mi única opción.

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No me di por convencido y salí por otra de las puertas del aeropuerto, bueno no tiene puertas, ya que el edificio está abierto y le pregunté a un taxista que me ofreció su servicio. El me indicó donde podía conseguir un autobús para llegar donde buscaba. Parece una contradicción, o bien los hombres a los que pregunté al principio, también eran taxistas y, aunque no lo parecían ni me lo ofrecieron, querían que utilizase su servicio, o este último era un tipo honesto, que creo que es la realidad.

Ande unos pocos metros, cruzando el parking del aeropuerto y allí estaba el autobús, parado, esperando a sus viajeros. Pregunté por la dirección que tenía y todos la conocían y el autobús tenía una parada fija justo en la puerta de mi destino. Además de la dirección tenía unas fotografías que Johnny, mi anfitrión, me había enviado por email. La pega era que cuando estaba en el aeropuerto, sin querer, había borrado uno de los correos, así que me quedaba un poco cojo de información, pero, pensé, que al llegar, seguiría mi intuición y seguro que daría con la casa.

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El autobús fueron 5 dólares fiyianos, un par de euros o menos y tenía por delante unos 60 kilómetros que iba a aprovechar para hacer fotos del paisaje y disfrutar de las vistas. En Nueva Zelanda estaba en pleno invierno, en Fiyi, aunque me dijeron los locales que era también invierno, ni punto de comparación con una temperatura constante de 28º – 30º durante el día y algo más baja por la noche, que para dormir era un lujo. No me puedo imaginar lo tórrido del verano fiyiano. En Nueva Zelanda el invierno es mucho más crudo.

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Cuando llegué a mi parada, me dejaron en una carretera, desnuda, solo una pequeña tienda y otro negocio al cruzarla y unos carteles que indicaban el resort que me habían dado como referencia pero que estaba algo alejado. Había una entrada que llevaba a otro resort, pero Johnny no me lo había mencionado y también una cuesta que acababa en una colina y donde se perdía la vista.

Crucé a la tienda, pregunté si tenían internet y podían prestarme unos minutos para intentar recuperar el email, el muchacho que atendía el negocio aceptó la petición y estaba de nuevo en contacto con el mundo. Recuperé el mail y charlando con unos locales que se encontraban allí, volví la vista hacia esa colina, que con la perspectiva tomaba una forma más definida y de repente me iluminó: era justo la calle que había visto en la foto, pero engañaba y no parecía para nada esa larga subida con un desnivel importante. Me alegré y aunque ya había podido enviar un correo a Johnny contándole el problema que había tenido y que estaba allí, la conexión ya no la tenía y no le pude decir de mi descubrimiento.

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Seguí charlando con mis benefactores de internet, mientras me comía unos noodles rápidos y tras ellos me fumaba un cigarro y antes de irme, me comprometí con ellos a hacer una tortilla de patatas e invitarlos por su amabilidad. Cuando terminé me cargué las mochilas y me metalicé para encarar la subida. Fue dura y llegué reventado, pero estaba donde debía de estar. Las indicaciones de Johnny eran perfectas y todo se encontraba como me contó.

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En casa de mi anfitrión de Couchsurfing

La casa tenía varias entradas, así que fui, una por una, probando la llave y como ya se sabe por la ley de Murphy, la última fue la que pude abrir. Una casa amplia y luminosa, gran cocina y salón, una habitación que parecía deshabitada y otra con la puerta cerrada que supuse era la de mi anfitrión. Ocupé la que intuí era la mía, saque mis cosas de aseo de la mochila grande y busqué un baño donde tomar una ducha que necesitaba con urgencia, tras mis días en el barco y el madrugón que llevaba, que acentuaba el cansancio y el sopor.

Me metí directamente en la ducha y abrí el grifo, agua dulce fría a la que poco a poco mi cuerpo se habituó. Cuando terminaba el remojón, se abrió la puerta principal y alguien entró, que como pensé y confirmé cuando nos vimos era Johnny. Alertado por mi mail había salido del trabajo algo antes y venía en mi búsqueda. Le pedí disculpas por no haberle podido avisar que había encontrado la casa y por haberme tomado la confianza instalarme en el dormitorio vacío y haberme dado la ducha antes de vernos. Las aceptó sin problemas y me confirmó que ese era mi dormitorio.

Johnny es taiwanes y vive en Fiji desde hace unos meses, trabaja de monitor de buceo justo en el resort que me dio como referencia para llegar hasta su casa. Un día me invitó a visitarlo y tomar una clase gratuita para saber que es eso de bucear que nunca lo había hecho y la experiencia la puedes ver en este vídeo. No fue muy afortunada.

Con Johnny conecté enseguida y eso dio pie a una charla distendida. La tarde caía y me ofrecí a preparar una cena, aunque antes debía de ir a comprar lo necesario. Le propuse hacer mi tortilla de patatas, que no conocía, ni había probado y le pareció una buena opción. Me indicó como llegar hasta Sigatoka, una ciudad pequeña, la más cercana a su casa y donde encontraría un supermercado. Compré lo necesario más algunos encargos de Johnny y cuando estaba esperando el autobús de vuelta, un señor de procedencia india, aquí son casi el 50% de la población, se ofreció a llevarme. Me sorprendió, ya que fue una oferta que no esperaba y la acepté sin dudar.

Ya en casa me puse manos a la obra y cocine mi tortilla de patatas. Hice una buena cantidad, para la cena, para los vecinos y también para que Johnny tuviese una tortilla al día siguiente en el trabajo y cambiase la dieta de noodles rápidos, que me comentó era su almuerzo habitual, por algo más sabroso. Cuando volvió al día siguiente del trabajo y le pregunté, me dijo que había sido la envidia de todos sus compañeros.

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Las jornadas pasaron tranquilas, visité de nuevo Sigatoka al día siguiente para conocer algo mejor la ciudad. Me encontré con Menon, el fiyiano indio que me había llevado la noche anterior a casa en su coche y me propuso invitarme a cenar a su casa, aunque finalmente no lo concretamos.

Durante el tiempo en casa de Johnny pude trabajar sobre todo en mi blog y pensar en como encontrar el barco que buscaba para continuar el viaje. Una de las mañanas conectado a internet busqué en Couchsurfing un anfitrión en Suva, la capital de Fiyi, que intuía como el mejor lugar donde buscar un velero y no daba crédito, nada más enviar el mensaje recibí la respuesta, ni un minuto tardó en llegar y era Francis una chica de etnia fiyiana, que tiene muy buenas críticas en esta red de anfitriones y viajeros y que aceptaba mi solicitud.

Un par de días antes de partir hacia Suva, tras pasar más de 10 días en casa de Johnny, que no le importó que alargase mi estancia cuando le pregunté, llegó Juan, un argentino, con el que pude conectar también muy bien y que entre otras cosas me descubrió una página web donde descargar libros gratis, que me enloqueció por la variedad y calidad de ellos. Se llama Lectulandia, por si estás interesado; es gratis y sencilla de utilizar. Desde entonces mis tiempos libres se han convertido en momentos de lectura y diversión que añoraba desde que salí de España.

Con Juan, además de ir a Sigatoka a comprar y conocer algo más la ciudad, nos juntamos una tarde con Nicky, uno de los amigos que había hecho a mi llegada. Se ofreció como guía para enseñarnos alguna playa y Rukurukulevu, la aldea donde vivía. Estuvimos dándonos un baño en un mar calmo y con una temperatura perfecta, aunque los fiyianos que estaban bañándose temblaban ¡e iban vestidos!

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Después del baño de agua salada, mientras andábamos para llegar a su casa, nos paramos a ver como practicaban rugby unos muchachos vecinos suyos; aquí el rugby es un deporte nacional. En su casa nos dio a beber el liquido mágico de un coco, que descolgó de la palmera que había plantado él mismo y cuidaba.

Después nos fuimos a probar el Kava, una bebida popular en las islas del Pacífico sur y que deja la boca dormida y coloca. Sus amigos se estaban poniendo las botas y beberla es motivo de reunión entre ellos. Pagamos 10 dólares fiyianos por un par de tragos, pero más que nada lo hicimos en agradecimiento a su tiempo.

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Otra de las visitas que hice durante mis primeros días fue a Mayuka, una chicha japonesa que contacté por el amigo de mis amigos de Indonesia, con la que fuimos a comer a un restaurante indio cerca de Nadi. Me sirvió para de vuelta parar en el aeropuerto, por cierto lugar de trabajo de Mayuka y descubrir que la compañía de telefonía Digicel ofrece a los turistas una tarjeta SIM gratis con 500Mb de uso, que me hubiesen venido de lujo el día de mi llegada. Aún así el chico que me atendió intentó descubrir porque la que yo había adquirido en Sigatoka no funcionaba en toda la isla, me dio la información y además me regalo una nueva y esta sí que estaba sin capar.

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El viaje a Suva fue providencial. Juan ya se había ido el día anterior y a mi la pereza me pesaba, pero al ponerme la mochila, me transformo de nuevo y mi cuerpo se activó para poner rumbo a tierras desconocidas.

Pero esta será la historia de mi próximo artículo dedicado a Fiyi. Hasta entonces y como siempre…

¡Pura Vida!

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