Indonesia V: Surabaya ¡causalidades!

Con la ayuda de Romi que había comprado el ticket de forma anticipada para mi viaje en autobús de Bandung su ciudad, a Surabaya mi siguiente destino, todo estaba bajo control y además él me ayudó a que Irwan, el conductor, aceptase mi petición de viajar en la parte delantera para poder fotografiar el paisaje. El viaje por lo tanto fue muy divertido y pude incluso fumar algún cigarro ya que la cabina y el resto del autobús están separados por una mampara.

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El autobús tardó alrededor de las 22h en hacer los más de 750 Km que separan ambas ciudades y la noche no fue muy cómoda. Pude utilizar asientos que estaban libres en la parte trasera para tumbarme, pero eso hizo que en un frenazo, acabase en el suelo con un golpe en mi costado que me dejó dolorido por varios días y que a la vez, me despertó no pudiendo conciliar el sueño de nuevo. Eran alrededor de las 4.30h de la madrugada.

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En el autobús viajábamos alrededor de 15 personas, yo el único extranjero, por lo que centré la atención de todos ellos. Unos chicos jóvenes incluso me invitaron a comer en una de las paradas que hicimos. Sigo insistiendo en la amabilidad del pueblo indonesio, sobre todo con los extranjeros, que no suelen verse mucho viajando en autobuses para recorrer largas distancias y les sorprende a la vez que agrada.

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Y ya a mi llegada a Surabaya, ciudad al este de Java e importante puerto, todo fueron causalidades.

Surabaya: 1ª causalidad

Cuando llegué a la estación intenté comprar el billete para el barco a Sulawesi, ya que había podido ver en la web de la compañía naviera, que en la terminal Bungurasih, donde llegaba con el autobús, había agentes autorizados para ello. Me encontré con varios buscavidas que se encargan de acompañar a los viajeros a este tipo de cosas, como no, intuí que me intentarían sacar dinero.

Una de las maneras que intentaron utilizar fue pasándose de listos, hablando en su idioma con el vendedor, supongo que pidiéndoles que aumentaran el precio en unas miles de rupias para cobrar su comisión, precio muy aumentado que por supuesto no acepté, con lo que ellos se quedaron con las ganas de sacarme el dinero y venderme el billete y yo de completar mi primer objetivo en la ciudad. Pero es que sabía exactamente el coste del pasaje: 285.000 Rp. y ellos me pedían ¡¡385.000 Rp.!! La otra manera fue pedirme dinero directamente por haberme acompañado, pero: ¡no billete, no dinero, amigo! Me despedí de este y fui en busca de otra agencia, pregunté y otro buscavidas me acompañó. En esta ocasión me intentaron colocar el avión, me negué, no estaba en mis planes y el ticket del barco me dijeron que no lo vendían, la misma historia, con igual final: no ticket, no dinero.

La cosa tiene su aquél, porque al final conseguí comprarlo en esta segunda agencia, pero fue cuando tuve que volver a la terminal, ahora contaré esta historia, aunque antes conoce como lo llegué a comprar en esta segunda ocasión. Por la noche resultó que acompañado de un oficial de transportes, que me estaba ayudando a intentar recuperar mi móvil que había perdido, si que me lo vendían. Pagué 300.000 Rp., que era una comisión aceptable: solo 15.000 Rp. para la agencia. Por cierto, opté por callarme, pero me hubiese gustado pillar al personaje en cuestión de la pechera y haberle dado un meneo, por estúpido y habérmelo negado la primera vez ¿Causalidad?

Volviendo al relato. Después de estos infructuosos intentos de comprar el ticket a mi llegada a la terminal, decidí ir al hostel y desde allí con la ayuda de la encargada, buscar otras agencias que había podido ver en la misma web de la compañía. En este momento se hizo evidente la primera causalidad. Resulta que me gusta vivir la vida real de las ciudades en los transportes públicos, entre otras cosas para ahorrar, pero también para pillar la esencia de las mismas con la gente local y en este autobús que utilicé, fue donde me dejé el móvil. Haciendo fotos, lo apoyé en el asiento para ponerme las mochilas cuando me avisaron de mi parada y estando ya en la calle me di cuenta del olvido, aunque el autobús lo había perdido de vista. Cansado y sin el punto de concentración que se necesita en estos casos, dejé pasar la oportunidad de seguirlo y con ello de recuperar mi viejo compañero de viajes. Un disgusto y una subida de sudor frío de angustia y mala leche por haber cometido un error muy poco común en mi ¡perder algo!, con la pega de no tener dinero para poder comprar otro.

Después de dar vueltas buscando el hostel y sin encontrarlo, tome la decisión de, con un taxi, ir hasta la terminal de nuevo por si el autobús que me había llevado volvía por allí. No fue así, terminaba el trayecto y se iba a casa. Amablemente algunos trabajadores de la terminal, rodeados de varios indonesios más, me intentaron ayudar a localizar al conductor, sin éxito, así que me propusieron ir a la comisaría de policía por si quería denunciar la perdida. Los policías no movieron ni un dedo, pero me indicaron que los inspectores de transportes podrían cederme la línea de internet de su oficina. Se trataba de llamar al número de la tarjeta instalada esperando que el conductor, un señor mayor muy simpático, lo hubiese encontrado y tuviese la amabilidad de devolvérmelo. Pero para ello tenía que saber el número y lo podía encontrar en mi Facebook ya que lo había enviado a mi contacto en Makassar (Sulawesi) días antes.

Tras varias llamadas infructuosas y un mensaje en el que le ofrecía pagarle algo, pudimos hablar con alguien al otro lado. Nunca sabré quien o quienes eran exactamente, los oficiales de transportes hablaban con ellos en el dialecto de la zona, al parecer no les pareció bien la cantidad ofrecida y como estaba bloqueado, nos dijeron que lo habían roto manipulándolo. Decidí no sulfurarme más y darlo por perdido. Confieso que este punto zen, lo pille gracias a la ayuda de los oficiales que me tranquilizaron y a unos amigos que me hicieron un préstamo desde España para poder comprar un teléfono nuevo. Gracias Flora y Victor.

Yuni, Pandu, Endang, Lisa, Lutfi, Joeli y Galung, los oficiales que me ayudaron a buscar el móvil.

No puedo olvidar que uno de los oficiales de transportes, se quedó conmigo hasta que finalicé todas las gestiones, sacrificando su tiempo libre y que tras ello, se ofreció a acompañarme a comprar el nuevo teléfono y llevarme a cenar. A la cena invité yo, era lo mínimo que podía hacer por él. Tras cenar en un restaurante chino, el mejor de la ciudad me dijo, y probar unos noodles especiales de la casa, exquisitos y muy apañados de precio, me acompañó hasta el hostel y después de una conversación y un café nos despedimos. Ugalung Huta, quedas en mi corazón y en mi memoria para siempre. Gracias de corazón por todo lo que hiciste por mi, ese día tan difícil del viaje.

Puerto de Surabaya: 2ª causalidad

Tenía el ticket para el barco, también había vuelto a recuperar la moral y podido comprar un nuevo móvil con el que seguir haciendo fotos y vídeos del viaje; una memoria que será importante cuando rememore el periplo y que también me sirve para enseñaros todo lo que estoy viendo a través del blog.

Desde la primera vez que había encontrado el barco, los horarios habían cambiado varias veces. La primera salía el sábado 5 por la noche, a las 11h. En la siguiente busqueda había cambiado a las 7h del domingo 6, posteriormente lo vi a las 8h y cuando lo compré el horario eran las 10h de la mañana. Así que como ya tenía el ticket, me tenía que fiar. Me levanté justo de tiempo para asearme, montar la mochila con lo que había utilizado por la noche y salir rápido. En el hostel Ikiru to live, recomendable si venís a Surabaya, tenía un desayuno, que había podido elegir cuando hice el check-in, pero que con las prisas, me quedé sin probar. Pedí un taxi, algo que me fastidiaba, para llegar a tiempo y cuando entrábamos en el puerto, primer desembolso extra: 4.500 Rp que no me esperaba, no es una cantidad importante, pero…

Con el taxi llegué hasta el edificio de la terminal, donde se suponía que estaría atracado el barco y los pasajeros subiendo en él, pero ¡no! allí no había barco ni nada parecido. Desorientado decidí preguntar a un oficial que estaba a la entrada del hangar donde debía esperar, no sabía inglés y no entendía nada de lo que le decía, y yo creo que es fácil ¡te estoy enseñando el ticket! No me di por vencido y salí a preguntar a otros oficiales que estaban apostados en el límite donde me dejó el taxi, la respuesta fue ¡OK! y una sonrisa de oreja a oreja, pero ninguna información que me aclarase lo que necesitase saber. Los disculpo, estamos en Indonesia y no tienen porque hablar inglés, aunque en un puerto, creo que debería de ser un requisito a cumplir al acceder al puesto, pero… ¡qué se yo como funciona este país! Con algo de enfado y pensando en mi mala racha en Surabaya, me dirigí de nuevo al hangar a intentar buscar a alguien que me pudiese ayudar.

No necesité andar mucho, venía directo hacía mi un chico joven que cuando nos cruzamos me preguntó en inglés mi nombre ¡sí! pensé y me presenté. Le pregunté si hablaba inglés, afortunadamente aunque no fluido, podía entenderme con él y sabía la información que necesitaba. El barco había vuelto a cambiar el horario a las ¡10h de la noche, 12 horas después de lo que decía mi ticket! No me lo podía creer, no había desayunado, había dormido poco para llegar a tiempo y había gastado dinero en un taxi sin necesidad de hacerlo, por no decir que tenía un día por delante perdido.

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Rudi, que es su nombre, me había visto hablando con el oficial anterior y viendo mi desesperación había decidido acercarse a preguntar que buscaba. Volvimos sobre nuestro pasos y nos dirigimos al hangar, allí le esperaba su amigo Ruslan que era quien iba a viajar en el mismo barco que yo y que causalidad, llegaba hasta mi último destino en Sulawesi, la pequeña y desconocida ciudad de Belopa ¿es o no casualidad? o ¿causalidad?

Con Rudi y Ruslan pasé el día entero, esperando a que el barco zarpase y nos llevase a Sulawesi. Con ellos pude recargar la tarjeta del teléfono, comprar una riñonera por apenas 30.000 Rp. (1,84€) de la que estoy muy satisfecho y pude comer nasi goreng, el típico arroz frito indonesio, en uno de los múltiples puestos callejeros de comida que a partir de la caída del sol, se instalan en la entrada del puerto, además de otras variedades de comida típica. El día dio para mucho y al final lo disfruté.

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Cuando nos hicieron pasar al edificio de la terminal, pasadas las 10 de la noche, ya había suficiente confianza con Ruslan, un chico muy simpático y con el que lo pasé muy bien durante todo el trayecto del barco que hicimos en los siguientes dos días. Pero esto es otra historia que contaré en el siguiente artículo.

Hasta entonces y como siempre…

¡Pura Vida!

 

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