Esta es la última historia sobre Filipinas. Destino final: Moalboal

Esta es la última historia en Filipinas durante mi segundo paso por el país. Entre el día 11 de septiembre, que llegaba Horst después de sus vacaciones en Alemania, y el 21 de septiembre que era cuando yo tenía que viajar a Taiwán, me quedaba un tiempo que quería aprovechar para visitar una de las islas más paradisíacas de Filipinas: Siargao.

Ese era mi objetivo, pero surgieron imprevistos que me obligaron a cambiar los planes y aunque seguro que no fue lo mismo, fue lo que tenía que ser. Lo que es seguro que no cambió, fue encontrar a gente fantástica con los que pasé un tiempo increíble. Nuevos amigos por el mundo.

Horst regresa al velero

Dos meses habían pasado desde que Horst se fue a Alemania a disfrutar de la familia en Europa. Yo me había quedado para cuidar del velero y de Prince, la mascota que no podía viajar con él y de echo había sido el motivo por el que volvió tras su viaje frustrado en mayo.

Dos meses de una vida tranquila y en los que tuve que preocuparme de que el velero estuviese limpio y solucionar cualquier fallo que surgiese. Hubo algunos, y el contacto permanente con Horst me permitió arreglarlos y de paso conocer detalles del barco, que de otra manera no hubiese podido. Aprender: una parte importante del programa del viaje se seguía cumpliendo.

El día que llegó Horst el velero estaba preparado para la bienvenida. Lo recogí en el aeropuerto a mediodía. Muchas cosas que contarnos y que pudimos comentar en el viaje de vuelta al Drydock de Danao, donde el barco estaba amarrado.

Joan, la novia de Horst me había visitado en alguna ocasión y volvió ese día para darle la bienvenida. Prince feliz de vernos a todos juntos con él. Los paseos que yo me daba con nuestro pequeño perro, era ahora Horst quien los hacía.

Con Horst pudimos hacer varias cosas juntos que estaban pendientes antes del día 15, cuando yo pondría rumbo a Cebú. Mi amiga Tracy me acogería un par de noches en su casa mientras esperaba el viaje a Suirgao.

El viaje fallido a Suirgao

Tracy conocía el trayecto ya que lo había hecho en varias ocasiones para visitar a Chris, su novio. Me indicó dónde encontrar las oficinas de la compañía naviera propietaria del ferry y la mañana siguiente me fui a comprar el ticket para viajar y ver de nuevo a mi amigo Ezequiel.

Me costó algo encontrar las oficinas, pero pude dar con ellas preguntando aquí y allá. Nada más llegar me atendió un empleado que estaba junto a la máquina expendedora de billetes y que me ayudó a buscar mi recorrido.

Para sorpresa de ambos, cuando lo encontró, resultó que el barco estaba cancelado. Al parecer el último tifón había arrasado parte del puerto y no se podía llegar. Pregunté si era posible hacer el viaje con otra compañía y me indicaron que fuese al puerto, que la encontraría.

Y allí me desplacé en jeepney. Afortunadamente estos vehículos funcionan a todas horas y los hay para llegar a cualquier lugar por un módico precio, como ya conté en mi anterior artículo dedicado en parte a los transportes en este país.

Las oficinas de la compañía naviera en el puerto estaban todavía cerradas. No tuve que esperar mucho. Resultó que eran de la misma compañía desde la que me habían enviado, pero su sucursal en el puerto. Por supuesto tenía el mismo problema -el barco estaba cancelado para el día que tenía intención de viajar-.

Podría haberlo hecho al día siguiente, pero con solo 4 días antes de mi vuelo a Taiwán, el retraso me reducía mi visita a Siargao a 1. Los otros dos eran para las travesías de ida y vuelta. Por otro lado, además de que el gasto de más de 1.000 pesos no me compensaba, en caso de cualquier imprevisto, podía perder el vuelo. Así que decidí cancelar los planes muy a mi pesar.

La alternativa a Siargao

Tenía dudas acerca de nuevos planes para pasar esos días. Una opción era volver al velero y esperar el día del vuelo con Horst, otra estar en Cebú y conocer algo mejor la ciudad. Ninguna me seducía especialmente. Lo que realmente me apetecía era darme un baño en Filipinas, porque, aunque estaba en un velero y rodeado de agua, en el muelle del Drydock era mejor no bañarse –ya lo hice involuntariamente cuando Horst me tiró al agua con todos los aparatos electrónicos en la mochila- y lo siguiente fue una ducha para quitarme el aceite pegado a mi piel.

Y estando en el centro de yoga que Tracy tiene en Cebú -y para el cual hice la página web– trabajando en mis cosas con el ordenador, escribí una nota en Facebook contando la cancelación del viaje. Ashley, empleada de Tracy en el mismo centro, que leyó mi escrito y buena conocedora de su país, me sugirió ir a Badian en la costa sureste de la isla de Cebú. Badian es uno de los destinos turísticos más populares en Cebú, tanto para los filipinos, como para los extranjeros.

Quizás por ello y aunque encontré lugares baratos en el que poder pasar un par de noches me decidí por Moalboal, una pequeña población que se encuentra a 20 kilómetros de camino y que posiblemente estaría menos masificada.

En Moalboal también encontré varios albergues bien de precio y me decidí por J&C Place que me dio buenas sensaciones nada más verlo y además muy barato. Lo reservé por internet y confirmé por teléfono. Todo estaba preparado para al día siguiente, en principio, cumplir mi deseo de bañarme en Filipinas.

El viaje a Moalboal

Tracy me dejaba dormir en su estudio, ya que la casa estaba ocupada con la visita de sus padres desde USA, donde residen desde hace muchos años. Ella nació allí, aunque su ascendencia es filipina.

A la mañana siguiente con un día lluvioso y gris en Cebú, me dirigí a la terminal de autobuses del sur para subirme al primer autobús que saliese con dirección a Moalboal. En la misma puerta me perdí uno que salía al preguntar al seguridad por el estacionamiento exacto. Pero no tuve que esperar mucho tiempo.

Seguía lloviendo y me temía que tuviese un fin de semana pasado por agua. Sin embargo, al llegar cerca de mi destino el sol comenzaba a lucir y así se mantuvo todos los días del fin de semana.

Ya en Moalboal debía de encontrar el lugar donde me hospedaba, que al parecer estaba un poco apartado del centro. Tampoco me resultó muy difícil. Enseguida que bajé del autobús varios conductores de motos y triciclos me entraron ofreciéndose para llevarme. Finalmente elegí una moto, era más económica y el tipo me cayó bien. Me cobró tarifa guiri según me enteré después.

El hostel y sus gentes

Cuando llegué al hostel Wirma me recibió y me llevó directamente al dormitorio. Saludé a un cliente que estaba a la entrada y después de dejar mis cosas me presenté. Cuando me dijo su nombre solo podía ser español o latinoamericano. Efectivamente, Nacho era compatriota y conectamos enseguida. No solo por el idioma común, sino también porque realmente era un tipo simpático.

Animado por el ambiente me ofrecí a currarme una tortilla de patatas para la cena y la propuesta fue bien recibida. Para cumplir el compromiso recién adquirido tenía que desplazarme de nuevo a la entrada de la ciudad ya que el mercado estaba justo donde había llegado con el autobús.

Wirma me ayudó a parar un triciclo y negociar el precio con el conductor, ya que no quería pagar de nuevo la tarifa turista. Sindo me dejó en el mercado y me dijo que estaría allí cuando terminase las compras para devolverme al hostel.

Durante el viaje de vuelta, mantuvimos una conversación animada y le invité a cenar con nosotros y probar la tortilla del viaje, si tenía tiempo. Aceptó. Cuando fui a pagar el servicio, no quiso cobrarme. Un gran detalle del bueno de Sindo y una suerte la mía al dar con él.

La tortilla de patatas en Moalboal

Cuando me puse a preparar la tortilla aparecieron algunos clientes más que estaban en el mismo dormitorio que yo. Un israelí que chapurreaba bien el español llamado Eli y una francesa llamada Angélique. Invité a ambos a cenar con nosotros. Chona, la propietaria del hostel, así como Merci, la pareja filipina de Nacho y su hijo Marcelo, también se apuntaron. Wirma que estaba invitada tenía que cuidar de la parientela y no vino finalmente.

Al día siguiente me levanté temprano y después del desayuno, incluido en el precio de la habitación, decidí ir a hacer unas pequeñas compras para tener reservas en la nevera y preparar unas judías de lata, cocinadas con mi receta, que siempre aporta algo más. Comida rápida, pero elaborada y rica. Me di un buen paseo, eran 5Km de ida desde el hostel al pueblo y otros tantos de vuelta .

En el primer supermercado no tenían las mismas judías que había comprado el día anterior en Cebú antes de salir. Quería más porque invité de nuevo a Nacho y los demás a comer. Tenía que seguir buscando en otros supermercados. Afortunadamente Moalboal tiene varios, ya que se trata de una zona turística y muchos extranjeros pasan allí las vacaciones.

A mitad de camino me encontré con Merci y su hijo que aparcaban su moto. Merci le pidió a Marcelo que me acercara hasta el otro supermercado ya que estaba algo apartado. Allí por fin encontré lo que buscaba. La vuelta se hizo más dura que la ida, sobre todo porque andar con chanclas esas distancias no es lo más adecuado para los pies. Lo pagué con una buena y dolorosa rozadura que me acompañó varios días.

La última noche en Moalboal

El ansiado baño se retrasaba, pero aún me quedaba un día y medio para poder cumplir el deseo. Por la tarde preferí descansar, ya que por la noche teníamos una cena a la que Nacho invitaba.

Se había preparado en otro lugar llamado Archery Asia y que es un camping con cabañas y zona de recreo donde practicar tiro de arco. Además de comedor muy apañado, cubierto y al aire libre, y una bonita extensión de césped verde a la entrada. Sindo se encargó de trasladarnos a todos en su triciclo, que, por cierto aquí, son tamaño coche.

La cena a base de pescados cocinados a la brasa, mariscos, arroz y ensalada fue deliciosa. Después hubo tiempo de cantar, beber y contar. Una bonita velada con nuevos amigos que terminó en el hostel con más cervezas.

Vuelta a Cebú

Al día siguiente todos teníamos previsto irnos, excepto Angélique que todavía se quedaba unos días antes de volver a Francia. Yo madrugué y me fui a buscar la playa. Por fin me di el baño y cumplía mi deseo.

A mediodía estábamos en el pueblo esperando el primer autobús que nos llevase a Cebú. Apareció el primero con aire acondicionado, que personalmente no era mi preferido. La temperatura siempre está al mínimo y además el trayecto es más caro. Eli decidió tomarlo ya que tenía algo más de prisa. Nacho, Merci y yo nos quedamos juntos esperando al siguiente; este sin aire acondicionado. Llegó pasados cinco minutos. Entre la espera y el paso de uno y otro autobús comimos en una calindería que estaba justo enfrente de la parada. Ya teníamos preparado el cuerpo para el viaje de más de tres horas que teníamos por delante.

El viaje fue entretenido y pude viajar en el primer asiento, siempre lo prefiero para poder ir tomando fotos y ver los paisajes. En una de las paradas se sentó junto a mi Mónica, una chica filipina con la que pude mantener una charla entretenida y con lo cual el viaje se hizo mucho más rápido.

Nacho y Merci se apuntaron a la pizza casera que había quedado hacer esa noche en casa de Tracy. Sus padres ya se habían ido y yo podría quedarme allí ese día, el último en Filipinas antes de volar a Taiwán de nuevo.

La cena la preparé a la carrera y como la masa necesitaba su tiempo para subir, cenamos casi a medianoche. Tras ella, Nacho y Merci buscaron un hostel cercano para dormir esa noche y esperar al día siguiente el autobús a Daanbantayan con el que cruzar en barco a Malapascua, al norte de la isla de Cebú. Nacho se estaba sacando un nivel superior del curso de buceo en Filipinas y en Malapascua iba a poder practicar su deporte favorito y los últimos conocimientos aprendidos en Moalboal.

Mi adiós a Filipinas

Amanecimos pronto. Lady la niña de Tracy tenía que ir al colegio temprano y yo a antes de mediodía quería ir a despedirme de mis amigos Jay y Rock que desde hacia meses no nos habíamos vuelto a ver. Jay se había encargado de arreglarme el móvil cada vez que se había roto. Creo que lo echaré de menos en el futuro.

Rock no pudo venir a comer y quedamos por la noche en el centro de yoga de Tracy. Aquí me recogería y me llevaría al aeropuerto. Me invitó a cenar y me dejó en la terminal de salidas.

Mi idea era quedarme a dormir en la misma terminal para amanecer allí mismo y poder sacar mi tarjeta de embarque temprano ya que el vuelo era a las 7.30 de la mañana.

Todo fue como debía y mi avión con destino Taipei salió sin retrasos, cosa rara. Yo me despedí de Filipinas y comenzaba una nueva aventura. En Taiwán ya tenía apalabrados algunos lugares donde iría a contar mi viaje por escuelas y Michael y su familia me iban a acoger durante las primeras semanas. Hacer sus páginas webs y ayudar tanto en el restaurante como en el B&B cuando me necesitasen eran mis compromisos con la familia.

Pero esto lo dejo para mis próximos artículos donde tengo mucho que contar, ya que han sido tres meses viviendo y disfrutando de la hospitalidad taiwanesa.

Hasta entonces y como siempre…

¡Pura Vida!

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