Malasia IV: Johor: Buda y los niños – Amitabha Malaysia

En este último artículo dedicado a Malasia, voy a hablar de dos sitios que están en la misma provincia: Johor, y separados por unos 30 Km, aunque unidos por una misma organización: Amitahba Malaysia.

Fue una suerte encontrarme en el sitio adecuado en el momento justo y eso me abrió las puertas de esta organización budista benéfica que opera en todo el país, pero cuyos más visibles columnas están en la provincia de Johor. En la capital Johor Bahru se encuentran el orfanato y el centro de diálisis y en Kulai se encuentra Putuo Village: la granja de bambú que cuenta con el templo budista chino más grande de todo Malasia y un centro de cuidado de personas mayores solos y con problemas, entre otras cosas.

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Conocí en mi último día en Che Nan Bamboo a varias personas que estaban invitadas por Adnan a visitar su propiedad, ya que este tiene una gran experiencia con el bambú, como conté en mi artículo dedicado a este voluntariado y Jeffrey y Chong querían conocer mejor como sacar un provecho a una granja que dispone del bambú gigante que sirve para la construcción y como, con ello, favorecer a la sociedad. Los detalles de como se forjó esta posibilidad de venir a colaborar con ellos podéis conocerlos en, mis también artículos publicados en el blog, dedicados a Kuala Lumpur y Singapur, así que os invito a leerlos y conocer mejor esta historia.

Por qué ahora lo que me gustaría, es contaros las dos magníficas experiencias que he tenido antes de abandonar un país que me ha gustado y me acogió perfectamente: Malasia.

Kulai: Putuo Village

Realmente fue una sorpresa, me habían contado que iba a trabajar y ayudar en una granja de bambú, pero no me habían dicho que allí me encontraría con un templo budista chino, que desde que comencé mi viaje por China, quería haber conocido por dentro. En este caso estaba dedicado a Quanyin Buda que está relacionado con el bambú.

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Desde mi llegada intenté implicarme en las necesidades de la granja y hacer lo que fuese necesario para colaborar. El primer día me encargaron que limpiase una zona con un largo pasillo que da acceso a algunos de los altares para venerar a Buda que tienen allí. El bambú que está a ambos lados va soltando sus hojas secas y estas van cubriendo poco a poco el suelo, así que, aunque seguro que no era desde hace mucho, había una gran cantidad que con un soplador a gasolina me encargué de retirar para dejarlo limpio y que los visitantes paseasen a gusto.

Posteriormente a esto pasé a la cocina, estaba justo debajo de mi habitación, así que esto unido a que tenía una especial atracción por estar allí, hizo fácil mi entrada. Por otro lado el mismo día de mi llegada conocí a Wong Chin Fah  su encargado, al que ya le habían dado referencias mías y que me recibió encantado. Además los otro dos cocineros Choy Wah Liew y Wind me ayudaron a que todo fuese sencillo y divertido. Wind se dedicaba más a preparar los alimentos para que Choy Wah Liew los cocinase, que es un maestro de la cocina china. Disfruté cada día y momento, ayude en las labores propias de la cocina, sobre todo a Wind, preparando y cortando los ingredientes para cocinar.

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La cocina por otro lado era industrial y cocinaba cada día para alrededor de 35 personas, entre los trabajadores indonesios, brimanos, chinos, malayos y las personas mayores y sus cuidadores que están en el centro de cuidado de mayores del mismo templo. Además de servir comidas a los fieles que vienen a adorar a Buda al templo, en el restaurante.

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En la semana que estuve, tuve oportunidad de cocinar también algunos de mis platos de cocina española, que aquí denominan occidental y que afortunadamente gustó a todo el mundo: tortilla de patatas que me hicieron repetir para comerla otra vez, gazpacho que tuvo menos éxito sobre todo entre el personal chino que gusta de las sopas calientes, ensalada coleslaw que no es española, pero sí mediterránea o un buen pisto con el que me estrené.

Kokoteyh un birmano que lleva algo más de un año trabajando allí fue mi guía y mi ayuda continua. El se encargó de que tuviese todo en marcha, me ayudó con mi estancia y también con el internet, que no es fijo como ya me ocurrió en Bamboo Village y Che Nan Bamboo. Kokoteyh es un tipo genial, alegre, trabajador y controla cada uno de los detalles que la granja necesita para funcionar bien. La verdad es que todo el mundo, para cualquier cosa, llama a Kokotayh. Yo le estoy muy agradecido porque siempre estaba dispuesto a mi llamada cuando lo necesitaba con una gran sonrisa en la cara.

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Además estaba Chi Chen, un chino con su cultura muy arraigada y cuyo defecto, como ya comprobé en mi viaje por el gigante asiático, es expresarse a gritos para hablar y decir cualquier cosa. El segundo día por la mañana casi tuve un encontronazo con él, ya que para avisarme de que era la hora de despertar, aunque yo ya lo había hecho, se puso a berrear en mi puerta Xī Bān Yá (España en chino), que era como él me llamaba. Afortunadamente el domingo por la mañana que yo andaba mosca con él, pude explicarlo a Alston Lim que vino por allí y le hizo entender que no era necesario gritarme y con ello enfurecerme por la mañana, ya que yo solo me despertaba y me gustaba hacerlo en paz y relajado, Chi Chen tomo nota y no se volvió a repetir. Finalmente acabamos siendo buenos amigos y aunque yo no hablo chino y es el único idioma que habla él, con miradas y gestos nos podíamos entender. Un buen tipo, brusco pero atento y generoso. También era uno de los encargados de la finca.

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Durante el domingo dos días después de que terminó el Ramadán y aunque los chinos budistas no lo celebren, en Malasia al ser un país musulmán, todos los ciudadanos viven especialmente estas fechas, entre otras cosas porque se celebra lo que se puede considerar un nuevo año y vienen a visitar el templo en gran número, aprovechando los días libres. Esa mañana ayudé a colocar unas espirales de incienso, que se cuelgan a la entrada del templo y que tardan alrededor de cinco días en consumirse. En el templo Maung Myo y Tan Kekmoi se encargan cada día de que todo funcione y de atender a las personas que vienen con intención de hacerse donantes de la organización.

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En definitiva, una semana que viví y disfruté, además de, como ya he dicho, cumplir un sueño de este viaje de trabajar y ayudar en un templo budista.

Johor Bahru: El orfanato

Aunque estaba previsto que a los cinco días fuese a Johor Bahru a colaborar en el orfanato, finalmente tardé una semana y ese día Alston Lim y su pareja Chiali Liw, ambos trabajadores de la organización, vinieron a recogerme para acercarme hasta allí. Llegábamos sobre las dos de la tarde y tras presentarme a las encargadas, ambos se fueron a trabajar hasta finalizar la jornada, cuando tras la cual, vinieron a buscarme para enseñarme algo la ciudad y aunque ya había cenado en el orfanato, aquí las comidas se hacen un par de horas antes que en España, me invitaron a cenar de nuevo en un restaurante hindú que conocían y según me dijeron eran de los mejores de la ciudad en su estilo. Como no tenía mucha hambre, les acompañé con un roti (pan hindú) y un refrescante lassi (yogur liquido hindú) de mango.

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Antes de llegar al restaurante nos pusimos en ambiente y me llevaron a conocer un templo hindú que estaba de camino y según me aseguraron y pude ver, de los más bellos que hasta ese momento había conocido en mi viaje, sobre todo en Malasia, donde la inmigración hindú es bastante importante y pude ver bastantes.

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En el orfanato el trabajo fue sencillo, me encargué de ayudar a Song Mama, que es la responsable de la cocina, a la que también le llegó la información de que se me daba bien cocinar. A la mañana siguiente de mi llegada me invitó a acompañarla, junto a Haw Zhen Zhen, una de las niñas, al mercado diurno para hacer las compras de los ingredientes que necesitaría para mis platos. Plantee hacer unas tortillas de patatas y también la ensalada coleslaw. Ambas recetas necesitan cebolla y a la ensalada yo además le añado un poco de ajo, pero aquí no se consumen, al parecer y según me dijeron, Buda no los considera vegetales, así que me sugirieron que prescindiese de ellos. Tanto en el templo como en el orfanato son vegetarianos, aunque el huevo si que me lo permitieron, con la condición de que debía de abrirlos fuera del edificio, finalmente excluyeron esta regla y todo lo pude hacer en la cocina.

Otro de los platos que preparé fue una crema de setas y champiñones que gustó y mucho, incluso tuve que dar la receta a algunas de las cuidadoras para que la repitiesen en sus casas.

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Los voluntarios también debíamos de colaborar en las actividades que se organizaban fuera del orfanato para recaudar fondos y el sábado que estuve allí, tenían preparado en un gran centro comercial la recogida de sangre a través de donaciones, en colaboración con dos de los hospitales más importantes de la ciudad o la captación de nuevos donantes para la organización. Estos fondos sirven para cubrir los gastos que generan la ayuda a los ancianos, los niños y el centro de diálisis. En este último caso, según me contó Chong, en Malasia cuando los pacientes van al hospital para recibir el tratamiento, este les cuesta 300RM (alrededor de 70€) por sesión, que en su centro de diálisis se reduce a 60RM (menos de 15€) (prácticamente el gasto del material), algo importante para los bolsillos de los enfermos, ya que es largo y por lo tanto muy caro.

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Además me llamó la atención, por tratarse de Malasia, que han organizado una de las primeras recogidas de basuras selectivas para reciclaje, ya que en este país y la mayoría del Sudeste Asiático, todo el mundo mezcla la basura sin clasificarla, ni importarles donde la tiran, normalmente las cunetas o simplemente en los bosques donde después de la visita, dejan todo desparramado sin contemplaciones, como ya comenté en otros de los artículos dedicados a esta parte del mundo.

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También la última noche que pasé allí, me invitaron a acompañar a Phanh Shok Kean, un trabajador de la organización a que llevásemos comida, bebida y otros efectos a tres familias que recientemente habían perdido sus casas en un incendio. Las familias estaban alojadas en una casa que la mezquita del pueblo, a las afueras de Johor Bahru, les había cedido. Además los vecinos también se habían volcado en la ayuda y entre otras cosas se habían puesto en contacto con la organización por si podían apoyarlos de alguna forma. Lo hicieron entregándoles todo lo que llevamos esa noche.

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Como no y algo muy importante, durante mi estancia una de mis labores fue la de estar con los niños, que desde el primer día me hicieron su amigo. Para ellos era Fēi Fēi Brother, que me alegraba cada vez que lo escuchaba. Lo de Fēi Fēi viene de mi viaje por China y aunque la organización es malaya, la cultura china es importante ya que es la de sus antepasados, además es el idioma en el que entre ellos se comunican y enseñan a los niños después del colegio, por lo tanto les resultaba más fácil llamarme así, que Fernando.

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Los más mayores, se encargan de los más pequeños y estos se ayudan entre ellos. Xin Yie, la niña más pequeña, tiene ocho meses y Wong Huiwen, la más mayor, rozará los 17. Están en la casa hasta los 18 y si luego quieren pueden seguir recibiendo el apoyo de la organización en sus estudios superiores. El orfanato se abrió hace siete años y acoge a veintidós niños y niñas, en su mayoría entre los 7 y los 12 años.

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Algunos de los niños se hicieron realmente cercanos a mi y me mostraban su cariño continuamente, que yo les devolvía de buen gusto. Jugábamos, les enseñaba mis cosas y compartimos alguna que otra historia, limitados por el idioma, aunque algunos con un inglés bastante fluido. La mañana de mi despedida, ya que por la noche llegué muy tarde del reparto a las familias, desperté a las 5 de la mañana, que era cuando ellos se levantaban para prepararse, desayunar y salir al colegio, y así poder despedirme y verlos por ¿última vez? Quien sabe, este lugar ha dejado una huella imborrable y creo que volveré, además Malasia a los europeos nos da un visado de entrada gratuito y por tres meses, así que resulta fácil y económico venir a este país.

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Si os interesa, en su web tienen un contacto para poder hacer voluntariado. Yo pude conocer a tres chicas, una de China: Wu Jie (Doreen) y dos de Taiwan: Huang Shin-Ya (Nydia) y Chen Szu-Ying (Winnie) con las que coincidí durante la semana que pasé allí. Hubo otros voluntarios también de Taiwan, pero solo estuve con ellos de refilón. Todos ellos han hecho su voluntariado a través de sus universidades que están en contacto con la organización, pero también aceptan personas independientes, previa presentación de una hoja que puedes encontrar en su web: http://amitabhamalaysia.org/en/index.php/volunteer/.

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Por último en los últimos dos días aproveche además para ir al consulado indonesio y conseguir mi visa para estar durante 60 días en este gigante país insular, desde donde estoy escribiendo este artículo. Pero hasta aquí ha llegado la historia de mi segunda entrada a Malasia, que duró finalmente 2 semanas repartidas entre Kulai y Johor Bahru, ambas en la provincia más al sur del país y limítrofe con Singapur: Johor.

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Ahora nuevas historias y aventuras llegan, que viviré cruzando mares y haciendo voluntariados, además de encontrarme con Nona una vieja amiga que estará por Bali de vacaciones, pero las contaré en los próximos artículos dedicados a Indonesia.

Hasta entonces y como siempre…

¡Pura Vida!

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