Navegando por el Pacífico: Fiyi desde otra perspectiva (I)

Cuando Horst, el capitán del velero, me comunicó que había decidido ir a Fiyi para poder arreglar el velamen del barco, me emocioné. Tenía muy buenos recuerdos de esta isla del Pacífico y me apetecía ver a los viejos amigos que había dejado allí, tras mi paso anterior, hacía apenas un mes.

Con la emoción, le comenté a Horst sobre el puerto deportivo de Suva donde podíamos amarrar, en el club de yates, que conocí durante unos días viviendo en el velero de Ian. También podíamos encontrar los servicios necesarios para las reparaciones, cerca de las instalaciones del club; además sentí la ley de la atracción en toda su expresión, como ya conté en el artículo dedicado a ello, y con el añadido de saludar a los amigos, eran motivos todos ellos, para mi propuesta. Pero no fuimos.

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Al parecer, otros navegantes con los que habíamos coincidido ya en Samoa y posteriormente en Wallis, le comentaron a Horst que el club de yates de Suva no era un puerto lo suficientemente profundo para nuestro barco y eso hizo que lo descartara, y mi gozo, se quedó en un pozo, pero aún así volver a Fiyi, me hacía realmente ilusión. Conocería otros lugares.

Fiyi no estaba previsto en el itinerario que me había enviado Horst al contactar estando yo allí y de alguna forma era volver al principio del viaje por las islas del Pacífico, para tomar impulso y seguir el recorrido hacía el norte. También era un buen lugar desde el que decidir si seguía viaje en el velero o no, ya que las relaciones no eran las mejores entre el capitán y yo y el malestar durante la navegación, un hándicap que me costaba superar. Solo era un pensamiento peregrino, pero se me pasó por la cabeza.

Navegando entre Wallis y Fiyi

Salimos de Wallis pronto, recién amanecía. El cielo estaba algo nublado y ya conocía que en estos parajes, la lluvia hace aparición de un momento a otro, aunque se dejaban ver algunos rallos de sol que iluminan sigilosamente la mañana y me daban esperanzas de tener un viaje con buen tiempo. Eso sí, el Océano Pacífico, con ese movimiento que no hacía honor a su nombre, nos acompañaba de nuevo, y así se mantuvo durante los tres días con sus noches que nos quedaban por navegar. Saliendo por el pasaje, entre los arrecifes, me empezaba a imaginar una travesía dura y a la vez esperaba que mi cuerpo se fuese acostumbrando, poco a poco, al vaivén del barco, para hacer más llevadero el viaje que teníamos por delante.

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La vela mayor iba abierta hasta una marca que yo había podido señalar en nuestro anclaje en la pequeña isla Faioa de Wallis, tal y como me había indicado el capitán. La marca servía para poder desplegarla sin peligro a que se rasgase más de lo que estaba y sin embargo, pudiésemos utilizarla lo mínimo posible para recoger el viento y hacer avanzar el barco.

La vela génova, iba desplegada a todo trapo, atrapando los vientos que a veces superaban los 25 nudos y que obligaban a tener que plegarla para no forzarla, haciendo que el barco aún se moviese más. Yo seguía sin poder realizar actividades en el interior del velero que me obligasen a concentrarme, menos a preparar cualquier plato en la cocina, que es mi trabajo principal, ya que los olores aumentaban las nauseas y el malestar. Horst seguía mostrándose comprensivo conmigo en este quehacer.

El segundo día, temprano, pasamos cerca de Futuna, así me lo indicó Horst, aunque no paramos y seguimos camino. La isla era un montículo verde, lejano, en el horizonte, que me hizo añorar tierra firme, ya que mi estado físico era penoso sin apenas comer ni beber desde que estábamos en alta mar.

El tiempo respetaba nuestra travesía y la lluvia que temíamos no hizo aparición hasta la segunda noche, cayendo con fuerza y obligando a cerrar todo posible acceso del agua al interior, lo que hizo que el calor y la humedad se aliaran en mi contra. Mi lugar en el centro del barco, donde me tumbaba para poder dormitar y pasar lo mejor posible mi malestar, seguía siendo el refugio que me acogía.

Por fin, la tercera noche, arribamos a Fiyi, que ya veíamos antes de que la luz del día se apagase. El lugar elegido para descansar fue una pequeña bahía a la que tuvimos que acceder con cuidado, en la oscuridad, por el amplio el canal de entrada, rodeado de arrecifes traicioneros, advertidos por la carta de navegación y señalados por las luces de señales rojas y verdes, a babor y estribor. Era un remanso de paz y, con el aire que había podido respirar durante el otear de las señales, mi cuerpo se encontraba mejor; supongo que ver tierra, aunque fuese en las sombras proyectadas por la luz de la luna, también ayudaba a estabilizar el organismo.

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Tras anclar, cenamos, celebramos la llegada con una cerveza y mientras escuchábamos la Boheme de Puccini en las voces de Plácido Domingo y Monserrat Caballé, charlamos del viaje antes de ir a dormir. Al día siguiente veríamos el entorno con la luz de la mañana y distinguiríamos mejor todas esas sombras que nos rodeaban en forma de montañas e islas que yo ya imaginaba bellas y así pude comprobar.

En Fiyi. Una nueva forma de ver un país

En mi anterior paso por Fiyi solo había podido visitar la isla Viti Levu, desde Nadi al oeste, donde aterricé, hasta Suva, la capital al sur de la isla, pasando por Sigatoka a mitad de camino entre ambas, aunque más cercana a Nadi. Pero Fiyi es un país que conforman la isla Vanua Levu, al norte y al oeste un archipiélago alargado de pequeñas islas, además de la mencionada Viti Levu que se podría considerar la isla principal.

Así pues, nuestra entrada en Fiyi, que hicimos por el norte de Vanua Levu, me daba la oportunidad de conocer mucho mejor el territorio y además, hacerlo por mar, que da una visión totalmente distinta del paisaje.

Al día siguiente, temprano, en la bahía de la isla Paioa donde llegamos desde Wallis la noche anterior, nos quedamos un día con su noche. Por la mañana, cuando acabábamos de desayunar y nos relajábamos admirando el entorno, nos dimos cuenta que una barca de pesca se acercaba hacía nosotros. Nos levantamos para recibirlos, yo sabía que los fiyianos eran gente simpática y hospitalaria y quizás venían a saludar y darnos la bienvenida, sin embargo, era una urgencia.

Un pescador local, haciendo submarinismo pescando, tuvo el encuentro con un tiburón; éste alertado por el olor de sangre de las capturas, se lanzó sin pensarlo al cuerpo del hombre y le dio un buen bocado en su pierna izquierda, en la pantorrilla, dejándole unas buenas marcas profundas y sangrantes. Horst tiene equipo de primeros auxilios en el velero, pero no para hacer una cirugía, que era lo que nosotros pensábamos necesitaba. Aún así le curamos lo mejor que pudimos y le recomendamos que fuese a un hospital a que le cosieran los agujeros. Se mostró reticente, quizás no fue y dio por buena nuestra cura. Nunca lo sabremos, aunque seguro que de una forma u otra, de esta, para su fortuna, no moriría. El tiburón, creo que corrió peor suerte.

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Tras pasar el resto del día tranquilo y sin más sobresaltos ni urgencias, Horst decidió que seguiríamos camino a la mañana siguiente. Realmente teníamos que hacer la entrada en el país, registrar el barco y que sellaran nuestros pasaportes, ya que está prohibido navegar por las aguas territoriales sin esos pasos administrativos y menos bajar a tierra.

Lo hicimos sin muchas prisas y nos demoramos cuatro días en total hasta nuestra llegada a Vuda Marina, un puerto deportivo cerca de Lautoka y Nadi, donde podríamos arreglar los papeles, fabricar la nueva vela y repasar el barco y que era el destino final elegido por Horst, contra mi sugerencia de Suva. Sí, es cierto que en Vanua Levu, al sureste de la isla, también hay un puerto llamado Savusavu donde se puede hacer todo el papeleo legal, pero para nosotros era un desvío de la ruta prevista y muchas millas adicionales que recorrer, por lo que nos lo saltamos.

El recorrido hasta llegar a Vuda Marina incluyó parajes de extraordinaria belleza entre islas. Montañas volcánicas que contorneaban las pequeñas islas que salpican el litoral fiyiano ¡Qué sinfonía para mis ojos y los estímulos positivos en mi ser!

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Algunas barcas de pescadores se cruzaban con nosotros, se acercaban al velero y nos saludaban. También he comentado y hablado sobre la simpatía fiyiana con los forasteros, y en el mar no iba a ser distinto ¡Bula, bula!. Por otro lado, Awenasa, el velero de Horst, es un barco de 47 pies bien parecido y atrae las miradas curiosas.

Durante los cuatro días navegando hacia Vuda Marina, hicimos varias escalas en las bahías protegidas por los arrecifes y los manglares que las rodean y vimos atardeceres y amaneceres de extraordinaria belleza: Isla Mali, Navoia Bay y Saweni Bay. En Saweni Bay pasamos la noche del domingo, a solo tres millas de Vuda Marina, cercana al puerto de Lautoka y desde donde avisamos a la caída del sol de nuestra próxima llegada, para reservar un lugar donde amarrar el barco al día siguiente.

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Vuda Marina

Por la mañana, temprano, viendo un amanecer de película, con unos colores que ni la paleta del mejor pintor podría imitar; contactamos de nuevo con Vuda Marina por radio y les avisamos de que nos dirigíamos hacia allí. Ellos nos dieron las indicaciones de donde esperar y de paso avisarían a los departamentos de inmigración, aduanas y sanidad, que tienen una oficina instalada allí, para que viniesen a hacer el papeleo antes de entrar.

En la llegada se demoraron más de tres horas, desde que pudimos amarrar a una bolla amarilla y bien visible, el barco. Pasado ese tiempo una agente de inmigración llegó con una lancha oficial y pudimos registrarnos, por lo que la bandera amarilla que ondeaba en el mástil podía recogerse y legalmente ya estábamos en el país.

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Entramos al puerto deportivo ayudados por una lancha que nos mostró el pasaje de entrada, estrecho pero seguro. Allí, amarrados provisionalmente, pudimos hacer el resto del papeleo; pagar las tasas de entrada y amarre y los agentes de aduanas y sanidad, con cara seria, nos atosigaron a preguntas: dinero disponible en la cuenta corriente de Horst; motivo del viaje; pertrechos que llevábamos en el barco, que si eran alcohol o tabaco pasaban factura y si era comida fresca, la debíamos de entregar para destruir. Afortunadamente nada de ello llevábamos y lo que si teníamos, lo pudimos ocultar a sus ojos y ahorrar unos impuestos elevados.

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Cuando hicimos el registro en las oficinas de Vuda Marina, pregunté por internet, tenían wifi gratuito para los clientes, limitado a una hora diaria por persona, pero podía volver a conectarme y tener noticias. Internet pagado no era muy caro tampoco y alguno de los días que pasé allí, cuando necesitaba trabajar, lo compré. He de decir que los días que pasé sin conectarme me hicieron ver el panorama de otra manera. Digamos que me desenganche, algo que me vino muy bien y hasta agradecí.

Por la noche, antes de que oscureciera del todo, nos dieron nuestro amarre definitivo, que fue una suerte, ya que estábamos amarrados provisionalmente a orillas del restaurante y esa noche tenían una boda con su fiesta correspondiente, que sin estar invitados, hubiésemos vivido en toda su intensidad.

En Vuda Marina pasamos un mes amarrados, entre finales de agosto y finales de septiembre, preparando la continuación del viaje, haciendo los arreglos del velero y con una salida a mediados de septiembre, de diez días, para conocer mejor las islas.

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En el siguiente artículo, seguiré relatando nuestra estancia en Vuda Marina y nuestro paseo por las islas, mientras esperábamos que nos fabricasen la nueva vela mayor.

Hasta entonces y como siempre…

¡Pura Vida!

 

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