Nueva Zelanda (I) Encuentro las antípodas ¿fin de la primera parte del viaje?

Cuando preparé el viaje en el que estoy inmerso, lo hice pensando en la capacidad de mi cerebro para asimilar un recorrido de ciento de miles de kilómetros alrededor del mundo y eso me dio la idea de dividirlo en cuatro partes, la primera terminaba en Nueva Zelanda, que son las antípodas del país donde nací y así lo titulé “Buscando las antípodas”. Y aquí he llegado tras más de dos años y una cifra de más de 57.000 kilómetros recorridos por: Europa del sur, Asia central, China, el Sudeste asiático y Oceanía.

Sin embargo he tenido que hacer algunos cambios, realmente se produjeron prácticamente desde que empecé el recorrido, ya que algunos países que no tenía previstos han entrado en él, pero también algunos de los que estaban en la lista salieron, momentáneamente, por diferentes razones. Esto ha hecho que, en el final del que estoy hablando se hayan incorporado otros, pequeñas islas del Pacífico que estando tan cerca de Nueva Zelanda y siendo destinos soñados toda mi vida, quería también visitar en las zonas conocidas como Melanesia y Polinesia.

Ruta de paises 1er tramo fondo mapa

Y estando en el aeropuerto de Sydney, cuando me disponía a recoger mi tarjeta de embarque para cruzar a Nueva Zelanda, ya no solo fue un deseo, sino que también se me planteó como una obligación. Este dato quizás te interese saberlo si vas a venir por aquí, ya que al cruzar sus fronteras necesitas un nuevo sello en el pasaporte y es un país que tiene sus reglas de entrada. A continuación te las cuento y añado mis primeros días con unos amigos españoles que desde hace cuatro años viven en un país, que estoy descubriendo y que me está fascinando por su belleza y su cultura más ancestral: la cultura maorí, que al contrario de Australia con la cultura aborigen, aquí respetan y ensalzan desde casi el comienzo de la colonización.

En el aeropuerto de Sydney

Ya adelanté en el anterior artículo que tuve un imprevisto en el aeropuerto de Sydney. Me había preocupado de sacar mi tarjeta de embarque antes de llegar, para tenerla preparada y que la facturación de mi mochila fuese más rápida. Me llamó la atención que no me llegase o diese la opción para imprimirla como otras ocasiones, pero lo achaqué a posibles diferencias con esta compañía ya que era la primera vez que la utilizaba. Lo que no me podía imaginar es que esto se debía a que cuando llegas al mostrador y enseñas el documento que te llega al email, te obligan a tener un billete o bien de retorno o bien de salida hacia otro país, si quieres que te entreguen la tarjeta de embarque.

En mi caso no soy alguien que quiera quedarse en un lugar y hacer futuro en él, tengo un proyecto de viaje y lo quiero completar, no es un reto, es simplemente que me gusta viajar y no tengo interés en echar raíces. No por ahora. Así que la azafata, bastante desagradable por cierto, me preguntó por el billete para mi siguiente destino, yo aduje que no lo tenía porque no sabía muy bien cual sería, que posiblemente cruzaría a Fiji, pero había otras opciones, como Nueva Caledonia o ¿por que no? a lo mejor no utilizaba un avión y me iba del país en barco, que era la idea que me rondaba y más fuerza tenía para seguir camino.

La señorita, insisto bastante desagradable, me miró con cara de pocos amigos y me dijo que, o bien sacaba ese vuelo a través de mi móvil o iba a un mostrador de venta de billetes allí mismo, o rompía la tarjeta de embarque que ya tenía en la mano y yo… no volaba. No daba crédito, en ningún sitio había leído esta obligación como pasajero y había revisado la web del departamento de inmigración de Nueva Zelanda y también la misma web de la compañía.

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Con visible enfado por forzar mi viaje a una fecha concreta, un medio de transporte obligatorio y sus malos modos, tuve que aceptar y comenzar con la búsqueda de un vuelo que seguramente, tan improvisado, me iba a penalizar con un precio mayor. Salí a la calle, me senté, encendí un cigarro y comencé a rebuscar entre varias webs, tratando de encontrar la opción más barata.

Finalmente elegí a través de una web española un vuelo con destino a Fiji el 22 de junio. El tiempo corría en mi contra, porque me habían avisado que debía de estar con bastante anticipación en la aduana para no tener problemas, debido a la huelga de los oficiales de fronteras australianos. Volví al mostrador, al mismo que había estado, e intenté rebajar la tensión con la que me había despedido de la azafata la primera vez, aunque no logré nada, excepto comprobar que la chica tenía un problema de carácter. Me entregó por fin mi tarjeta de embarque y pude enfilar hacia las puertas de embarque.

Tenía suficiente tiempo, así que pasé por la oficina de correos que hay en el mismo aeropuerto para enviar a Mark y Clare la tarjeta de transportes Opal que me habían prestado; previamente la había rellenado con 50 AU$ para no devolverla vacía de fondos y envié las últimas postales de Australia a mis amigos que están participando en el viaje.

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Cruzando la aduana en el aeropuerto

Cuando las cosas se tuercen un poco, parece que todo se pone en contra. No es que tuviese pegas para cruzar, pero de repente la seguridad me hizo pasar por varios sitios de control electrónico para hacerme un scanner y cachearme posteriormente, además de comprobar mi equipaje por si llevaba explosivos. Sí, ya se que es por mi seguridad y la de los demás pasajeros, pero después del episodio de facturación, estaba más molesto de lo habitual en estos casos y con cada aeropuerto que visito y vuelo que uso, confirmo que cada vez me gustan menos los aeropuertos y sobre todo la humillación a la que someten a los pasajeros en ellos.

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Evidentemente pasé todo sin problemas y pude dirigirme por fin a las filas de control de pasaportes, lo chequearon y dejaron la visa abierta por si vuelvo por Australia, ya que los españoles tenemos un año para ir y volver sin necesidad de sellar de nuevo.

Volando a Nueva Zelanda

Durante la compra del billete la compañía me obligó a pagar más del precio inicial del vuelo para elegir mi asiento y también para elegir un menú disponible, sí, la comida durante el vuelo. Esto era obligatorio si quería facturar mi mochila grande y subía en 50 AU$ el precio final. Una broma de mal gusto, porque ese menú eran dos pastas rellenas y alguna otra cosa que lo único que hizo fue abrirme el apetito y desear comer más. Intenté comprar pero no aceptaban dinero en efectivo, tenía que pagar con tarjeta de crédito, así que finalmente me quedé con las ganas. Teniendo dinero efectivo en el bolsillo ¿para que necesitaba gastar de mi tarjeta y más, después del desembolso no esperado de un vuelo comprado de imprevisto, que me hacía dudar de poder cubrir con el dinero disponible en mi cuenta? En fin…

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El vuelo duró tres horas y las pantallas que tienes enfrente del asiento te ofrecían ver películas o escuchar música, una de las opciones era gratis, pero no se que entienden por gratis, si cuando quieres ver lo que has elegido ¡tienes que pagar 10AU$ más! Así que decidí leer en mi móvil uno de los libros que había empezado hacía unos días o echar un vistazo a la revista de la compañía aérea y mirar las nubes y el cielo por la ventanilla en los descansos de la lectura.

La diferencia horaria añadía dos horas más al reloj entre Australia y Nueva Zelanda, por lo que mi llegada estaba prevista alrededor de las 11pm, horario que finalmente, esto sí, se cumplió sin retrasos.

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Llego a Nueva Zelanda: 29 países recorridos desde que salí de España

En el aeropuerto de Auckland la liturgia de pasar el control de pasaportes y recogida de equipajes. En el control la policía de aduanas no me pidió en ningún momento el ticket de retorno o salida del país que me exigieron tener, puedo imaginar que es debido a que si había llegado era porque existe el pacto entre el gobierno neozelandés y las compañías aéreas de no dejar subir al avión a nadie que no enseñe su siguiente vuelo. Cuando rellené el documento que te entregan en el avión con mis datos, puse que mi profesión era la de blogger de viajes y la oficial que me atendió me miró y sonrió diciendo ¿blogger? asintiendo como confirmando su misma pregunta cuando vio todos los sellos y visados pegados en mi pasaporte y mis pintas, que observó detenidamente. Era bienvenido a las antípodas.

En el aeropuerto había quedado en que Silvia vendría a buscarme para llevarme a su casa, pero cuando salí no la encontré. Podía cambiar el dinero australiano por neozelandés, pero pensé que quizás en la ciudad me darían mejor cambio que aquí, al igual que consultaría a mis amigos, antes de comprar la tarjeta SIM del móvil cual era la mejor opción en el país. Cuando pasó un rato de mi espera y no tenía noticias de mi amiga, pregunté en el mostrador de información si podía hacerle una llamada, la mujer que estaba en ese momento, dudo, le di explicaciones a sus dudas y finalmente accedió a llamar, hablé con Silvia y me confirmó que estaba en camino, había tenido un error con los horarios del vuelo y llegaba tarde.

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Esperé en el mismo lugar donde me había fumado un cigarro anteriormente, la parada del bus a la ciudad, y de esa manera Silvia no tendría que entrar en el parking haciendo todo más sencillo y rápido para ambos. Llegó pasada media hora y según me contó ya nos conocíamos de Menorca, donde había trabajado para mi en una de las barras que organicé durante un concierto en el puerto de Mahón, además tenemos varios amigos comunes, entre ellos Marga Buñuel, que había sido quien me puso en contacto con ella y su marido Jake, al que también conocía de entonces.

Nos dirigimos directamente a su casa e improvisamos una cena mientras charlábamos y comentábamos los detalles de aquellos años en la isla. En casa de Silvia y Jake estuve durante cuatro días, una buena forma de entrar en contacto con un nuevo país y hacerlo en confianza.

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Mis primeros días en Nueva Zelanda

En esos cuatro días me dio tiempo a conocer algo del entorno de Auckland, visitar la ciudad durante una mañana y también durante la noche.

Un día por la mañana que Jake tenía una reunión con clientes de su negocio, se dedica al diseño de webs, me propuso bajar con él a la ciudad y así poder dar un paseo a mi aire, mientras el estaba ocupado, hasta antes de la hora de comer. Me pareció una muy buena opción, había llegado hacía dos días y no había tenido todavía oportunidad de ver mucho, ya que ellos viven en un barrio alejado del centro. Pude pasear por el puerto, las calles principales del centro financiero y descansar en uno de los múltiples parques de la ciudad: Albert Park que además estaba muy cercano a la Auckland Art Gallery, un museo dedicado a la cultura maori.

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Al día siguiente Silvia había quedado con una amigo español de Sevilla, he hice unas tortillas de patatas, la grande para llevárnosla y una para cada uno de sus hijos en formato individual con mi pequeña sartén de viaje. Después de la cena decidimos salir un rato animados por otro de sus amigos españoles residentes en NZ y fuimos a un bar en la calle Ponsonby, que es una de las zonas de bares de copas de Auckland, entre otros lugares de interés. En este caso Silvia y Jake fueron mis padrinos y me invitaron a esas copas nocturnas.

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Al día siguiente con una pequeña resaca por la noche festiva, nos despertamos para visitar la playa Bethells, ya que queríamos darnos un baño, pero la peligrosidad de las playas neozelandesas del oeste lo desaconsejaron y fue un surfista el que nos avisó que los vigilantes de la playa acababan de rescatar a dos japoneses que se habían arriesgado al baño. Alertados nos sentamos un rato a disfrutar de la brisa marina con las gaviotas revoloteando a nuestro alrededor y luchando entre ellas para comerse las patatas fritas que les íbamos lanzando. Al llegar a casa tras unas compras, Jake preparó una barbacoa de verduras, pollo y salchichas y yo me encargué del caldo para la paella del domingo mientras le echaba una mano.

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El domingo fue mi último día y antes de que me llevaran a Piha a mi primer voluntariado con Helpx en Nueva Zelanda cociné la paella de pollo, rompiendo de nuevo mi dieta vegetariana, aunque mereció la pena porque me quedó genial y las críticas de Asha, Kai, Max, Silvia y Jake me lo confirmaron. Silvia además es experta cocinera. Tuvo un negocio, que cerró hace no muchos meses, dedicado a la repostería y pude ver las fotos de lo que preparaba y de verdad que me parecieron espectaculares y de una imaginación y creatividad increíbles.

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Tras la comida dominical me acercaron a Piha, a mi nuevo hogar por los siguientes quince días, un lugar con unas vistas espectaculares y donde Jade, mi anfitrión, me hace sentir como un amigo de toda la vida. Pero esto es la historia de mi próximo artículo.

Hasta entonces y como siempre…

¡Pura Vida!

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