Nueva Zelanda IV: La vuelta a Piha: Whats’up bro!

¿Qué pasa tío? Whats’up bro? Esto se lo escucharás decir a la mayoría de los “kiwis” (gentilicio amistoso con el que se conoce a los neozelandeses) cuando te saludan y mi amigo Jade, porque ya lo considero un amigo, más que un anfitrión de un voluntariado, es un kiwi de verdad con siete generaciones de antepasados neozelandeses, y entre otras frases siempre me recibe con esta entradilla: what’s up bro?

Reencuentro con Jade en Auckland

Como ya te conté en el anterior artículo, Jade y yo nos reencontramos en Auckland, a mi vuelta de Papakura, en el bar de Bobby, un brasileño residente en NZ desde hace años, con varios negocios relacionados con la música y con un amigo en común, que fue quien nos puso en contacto desde España: Cesar Andion.

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En el bar, mientras tomábamos unas cervezas y charlábamos con unas chicas, Jade me comentó que en casa había otros voluntarios que habían llegado días atrás, una novedad, ya que durante los quince días anteriores estuve solo, pero la novedad me alegraba, siempre que he coincidido con otros voluntarios se ha generado muy buen rollo y han surgido cosas interesantes.

Al llegar era tarde, más de las dos de la madrugada, por lo que la estancia que se utiliza para los voluntarios en la parte baja y separada de la casa estaba cerrada, en silencio y a oscuras, así que para no molestar y sin saber como estaban instalados, me quedé a dormir en la casa de Jade y dejé para por la mañana buscar mi espacio y conocerlos. Me tocó la litera de arriba, no es que no me guste, pero no es mi favorita, aunque no podía hacer nada, ellos estaban allí y yo recién llegaba.

Los nuevos voluntarios

Léa una francesa y Olivia y Barney de Finlandia e Inglaterra, una pareja, eran quienes estaban allí y que se quedaron durante los siguientes días compartiendo el espacio y haciendo las cosas necesarias en la casa junto a mi, incluido cuidar de los dos pequeños de Jade que estaban ese fin de semana con nosotros y él no podía cuidar, ya que por el trabajo estaba la mayor parte del día fuera de casa.

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Posteriormente, pasados unos días y recién llegado de un trabajo que me tuvo ocupado quince días y del que luego hablaré más extensamente, vinieron a visitarnos unos amigos de Jade: Caz y Andrew, una pareja muy simpática y divertida que ya conocía de hacía unos días atrás y que aparecieron con Rachel y Luis. Rachel venía a quedarse unos días para ayudar como voluntaria y esperar su vuelo a Australia para volver a UK, su país. Luis por otro lado es venezolano y residente en Christchurch en la isla sur neozelandesa y solo vino a acompañarlos. Hablar con él en español me vino muy bien, por cierto.

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Cuando Rachel se fue después de cuatro días, Jade me dijo que vendrían unos alemanes, amigos de un amigo común, también alemán, que les había recomendado. Wolfgang, Bastian y Michele estuvieron tres días y vinieron con ganas de trabajar. Hicieron incluso lo que tenía encargado yo, que en ese momento con mi trabajo fuera de casa, me vino bien, ya que llegaba reventado.

De todas formas haberles dejado hacer esos trabajos que me había encargado Jade, se convirtió en un problema para mi: no le pareció bien que me escaquease, con razón. Un malentendido que quizás me costó el seguir en su casa después de celebrar mi cumpleaños, ya que obligado por las circunstancias tuve que irme y no de la manera que me hubiese gustado, aunque con Jade siempre quedará mi agradecimiento por todo lo que compartió conmigo, la hospitalidad que me presto durante todo el tiempo que pase en su casa, ya que incluso me ayudó a encontrar algunos trabajos remunerados en la zona y sobre todo quedará la amistad.

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Incluso ese momento tenso entre nosotros me vino bien y lo aprecio como tal, ya que necesitaba salir, conocer este bonito país y sin darme cuenta por la comodidad en la que me encontraba, me estaba apoltronando, algo que mi espíritu también estaba notando. Para ser exactos, a Jade lo consideraré siempre mi hermano en las antípodas, en lo bueno, en lo malo y en lo regular. Muchas gracias siempre Jade, bro.

Trabajando en Piha

Cuando algún vecino de Piha preguntaba por alguien para hacer algún trabajo, a través de la página de Facebook que los vecinos del pueblo tienen abierta, Jade sabiendo de mi necesidad de conseguir fondos para sobrevivir en el viaje, me avisaba y automáticamente yo, enviaba un mensaje al interesado.

En la primera ocasión fue Robyn, una mujer que buscaba alguien que le ayudase con una pequeña mudanza que tenía que hacer. Realmente lo que necesitó fue embalar unos cuadros y trasladarlos a la nueva vivienda, también en Piha, pero en una colina más alta desde donde se divisaba todo el paisaje de la zona y la playa, en un lugar privilegiado, me lo puedo imaginar en verano con un picoteo y unas cervezas… Buena elección la de Robyn que además iba a tener una casa mucho más grande. Me pagó 50NZ$ (alrededor de 32€) por poco más de una hora y media de trabajo. Ese primer sueldo me sirvió para poder hacer la compra de esos días y tener la nevera con víveres, que escaseaban, ya que mi dinero ganado en Australia se me había acabado y era con lo que estaba viviendo hasta el momento.

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La siguiente ocasión, lo que yo creía que iban a ser un par de días, por lo que entendí al leer el anuncio, se convirtieron en quince. Tom, el interesado, tenía que hacer obras en su casa. El anuncio ponía excavar, yo creí que era un agujero, sin embargo cuando llegué a la casa me enseño una habitación que quería reformar y la excavación se trataba de vaciar de tierra una parte de ella para agrandarla, tirando abajo la escalera de acceso a la casa y los muros que separaban una pequeña estancia, donde el tenía una oficina, para juntar ambas. Fue un trabajo físico duro y fui yo quien tuve que decirle lo que quería cobrar, propuse 20NZ$ (algo más de 12€) por hora y lo aceptó. Conociendo los salarios neozelandeses y el trabajo a hacer, ambos fuimos justamente compensados.

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La casa de Tom se encontraba en lo alto de una colina, en la misma calle que la casa de Jade y únicamente tenía que recorrer 500 metros para llegar, lo que facilitó que cada mañana temprano llegase y que a mediodía, volviese a la de Jade para comer. Tom además se portó increíblemente bien conmigo ya que me ofrecía cada día unas tazas de café, agua y fruta fresca mientras trabajaba, que me ayudaban a recargar fuerzas y seguir trabajando con energía.

Reflexionando y comparando como están las cosas en España y las noticias que leo y me llegan, realmente puedo decir que tanto en Australia como en NZ, respetan al trabajador y no lo insultan con sueldos ridículos y casi de explotación. En ambos países, donde he podido trabajar esporádicamente, me han tratado realmente bien, con salarios altos y buenas condiciones y aunque los precios de los artículos de primera necesidad también son altos, se puede vivir y no sobrevivir.

Durante mi trabajo no se exactamente cuantas toneladas de tierra moví, pero fueron muchas. Tuvieron que venir dos camiones para vaciar el sitio donde caía todo el escombro, que no era precisamente pequeño, digamos que como tres contenedores de escombros. La segunda semana de trabajo, Tom me comentó que iba a tener ayuda para avanzar más rápido y que no fuese tan duro para mi. Realmente agradecí cuando Glenn llegó, ya que efectivamente el trabajo se hizo más llevadero y además hicimos un buen equipo juntos, como el me comentó en alguna ocasión. A mi me gustaba más picar y a él recoger con la pala lo removido, aunque íbamos cambiando de vez en cuando, así que el trabajo fluyó y se hizo fácil para ambos.

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Añado a esto que el ejercicio físico que hice trabajando, me ayudó a coger de nuevo el ritmo y a perder algún kilo que empezaba a acumular en mi contorno. También es cierto que mis músculos y articulaciones se resintieron y me dolieron durante un tiempo, sobre todo la muñeca por el martillo eléctrico que utilicé para picar y que me impedían descansar y dormir correctamente. Aún así contento, estaba consiguiendo fondos para mi posterior recorrido por la isla norte y mi viaje a Fiji, que se acercaba.

Mi tercer cumpleaños en el viaje

Algo que me hacía especial ilusión por el simbolismo, era celebrar mi tercer cumpleaños cerrando la primera etapa del viaje, que desde que lo planeé iban a ser las antípodas españolas, o sea Nueva Zelanda. Auckland exactamente lo son de Sevilla y Piha coincide cerca de Morón de la Frontera. Además Jade fue quien me acogió desde el inicio y me apoyó sin condiciones y hacer una pequeña fiesta en su casa, con las personas que había podido ir conociendo en mi tiempo aquí, me parecía lo más apropiado. Aún no sabía que eran mis últimas horas y también mi despedida de Piha y de Jade.

Sobre la celebración, se lo comenté a Jade en una ocasión, pero según pasaban los días no estaba muy seguro de hacerla, finalmente eran gastos que no me podía permitir y recursos que restar al viaje, pero un día Jade me lo recordó y eso hizo que me animase y finalmente la preparase.

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Propuse hacer yo la comida y comprar los ingredientes y que los invitados trajesen las bebidas, algo que al parecer no llamó especialmente la atención, así que añadí preparar sangría y la cosa se animó. Hice la invitación a través de Facebook y en un inicio solo 2 personas se apuntaron, Jade por lo tanto extendió la invitación a 150 amigos suyos para intentar aumentar la afluencia. Cuando me lo dijo me asusto, no podría hacerme cargo de todo el gasto si finalmente se apuntaban, aunque fuese solo el 10%, pero a la vez me gusto su implicación.

A la fiesta-comida vinieron al final alrededor de 15 personas entre los amigos comunes y los que se apuntaron con su invitación, así que fue el número perfecto para que todos disfrutásemos y la comida que preparé dejase a todos satisfechos.

Entre mis conocidos vinieron Bastian y Michele, los alemanes que volvieron después de haberse ido hacía pocos días. Tenían nuevo coche, el que les vendió Wolfgang, cuando éste decidió volver a Alemania aquejado de nostalgia, pasados únicamente unos días desde que había llegado a NZ; Tom mi “jefe” y Glenn mi compañero de trabajo, que además me ayudó a preparar y aliñar unas costillas para la barbacoa, que Jade añadió al menú; Caz y Andrew que animaron la fiesta, sobre todo Caz, divertida y alegre siempre; Nick que lo conocía desde mi llegada a casa de Jade y que para la comida desapareció; Hanna que me hizo un regalo que agradecí: las hierbas fumables que me ayudaban a dejar el tabaco o Robyn y Robyn, nuestros vecinos y con los que se generó también muy buen rollo desde el principio y que siempre disfrutaban mi comida. Eché de menos a Silvia y Jake, mis amigos con los que había podido entrar en contacto con Nueva Zelanda al llegar, que ya tenían sus planes y no pudieron venir.

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Por otro lado entre entre las personas que no conocía y que vinieron invitados por Jade, destaco a Andrea y Steve, que nada más conocernos conectamos muy bien, encantadora Andrea y simpático Steve, con un inglés que me costó entender y que posteriormente marcarían un momento muy especial en el viaje y que contaré cuando llegue el momento. Otros invitados que también conocí de cuyos nombres no me acuerdo y que pudieron comer y beber bajo la lluvia, a veces torrencial. Aquí me di cuenta que los ‘kiwis’ están acostumbrados a este tiempo loco que se vive en NZ y afortunadamente el mal tiempo no impidió que nos lo pasáramos genial y nos emborrachásemos aunque fuese empapados.

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Lo que me queda claro es que aunque pasan los años, no pierdo es mi capacidad de hacer buenas fiestas para celebrar mis cumpleaños, aunque cada vez más, los años pasan factura, no a nivel mental, pero si física y las resacas son duras de llevar.

Día de pesca

Ya he comentado que tuve que irme de casa de Jade obligado por algunas circunstancias. Un elemento distorsionador había llegado hacía unos días, era un viejo amigo de Jade, que desde el momento en que llegó me hizo la vida imposible, sobre todo tras la fiesta de cumpleaños y el día de pesca que pasamos y que os cuento ahora.

Bastian y Michele, con el elemento distorsionador y Cameron, otro amigo de Jade que también estuvo en la fiesta de cumpleaños, y que cada vez que me ofrecía algo para compartir: cerveza o la caña para que yo practicase, me recordaba la sangría, que al parecer le había gustado mucho, fuimos juntos una jornada de pesca, a otra parte de Auckland llamada Cornwallis. Los cuatro son aficionados y por ello estaban bien pertrechados para ello, yo fui como mero observador y de paso sacar las fotos para la posteridad.

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Nunca me ha llamado mucho la atención el pescar, pero la verdad es que el día fue entretenido y aunque solo consiguieron pescar tres peces, grandes eso sí, nos apañaron la cena. Hubo más capturas, pero las medidas no eran las legales y los devolvieron al mar. El día no fue tampoco muy apacible, con lluvia intermitente y viento bastante fuerte en algunas ocasiones durante la mañana y, antes de volver a casa, que paramos en otro sitio para probar fortuna y que fue donde consiguieron los ansiados peces, con un chaparrón que parecía que se caía el cielo sobre nuestras cabezas y que me pilló a mi haciendo comida para todos. Afortunadamente Michele y Bastian tenían preparado un toldo para la ocasión y yo pude terminar de cocinar sin aguar el plato y posteriormente cubrirnos para comer.

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Así que mi vuelta a Piha a casa de Jade, durante aquellos más de 30 días fue de provecho, conocí a más gente, muchos de los cuales se mantendrán en mi memoria; aprendí más acerca de la vida, de mi mismo y mis límites aguantando elementos distorsionadores de mi equilibrio mental, así como a adquirir nuevas habilidades que seguro me ayudarán en el futuro.

El siguiente paso fue recorrer la isla norte, varias ciudades de Nueva Zelanda hasta llegar a las antípodas de Madrid, exactamente de la Puerta del Sol, que es el kilómetro cero de España y se encuentra en Weber, un pequeño poblado al sureste de la isla norte. Pero serán los relatos de mis próximos artículos contando mi vida en el viaje alrededor de Nueva Zelanda.

Así que como siempre, hasta entonces y…

¡Pura Vida!

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