Nueva Zelanda IX: La vuelta a Auckland

Estaba en la carretera alrededor de las 2pm. Marta, Pablo y Miguel me habían acercado en su coche a la vía principal, a unos 15Km de su casa, que une Wellington, la capital administrativa neozelandesa al sur de la isla norte, con Auckland, la ciudad más habitada del país, al norte.

La tarde no era muy apacible, había llovido durante el camino hasta la carretera y aunque en ese momento había parado, barruntaba de nuevo lluvia y me pilló allí, en mitad de la nada, haciendo dedo. La lluvia no era muy fuerte, pero empapaba y el frío la hacía más sufrida.

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Tuve que esperar alrededor de una hora hasta que me pararon, de echo creía que tendría que volver por mis pasos y pedir estar una noche más en casa de Miguel y los demás. Sin embargo no fue así, un coche paro y me ofreció llevarme hasta Turangi, muy cerca del lago Taupo. No dejé pasar la oportunidad, confiaba en mi suerte renovada y continuar con mi viaje desde allí siguiendo con el autoestop.

Volviendo a Auckland

Jade, el conductor, durante la conversación animada que llevamos, me comentó que me había parado, entre otras cosas, porque necesitaba compañía para no decaer mientras conducía, ya que su hijo, iba a su rollo haciendo dibujos en el asiento trasero, además de ser muy pequeño y no tenían conversación.

Hacía frío, no se la temperatura exacta, pero para Jade era como el verano por la ropa que vestía. Yo iba abrigado con mi jersey de lana, regalo de Lulu y Mathias y él ¡en camiseta de tirantes y chancletas! y cuando le pregunté, me dijo que ¡no tenía frío! A mi me daba más incluso, verlo así de fresco. Verdaderamente algunos kiwis son tremendos.

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Mientras conversábamos me preguntó cuales eran mis intenciones y como ya le había dicho, tenía que llegar a Auckland si era posible, me esperaban, pero en todo caso tendría que improvisar dependiendo de como se me diese el avance. Paramos en una gasolinera a cargar el depósito y compré unas chocolatinas e invité a una al nene. Jade agradeció el gesto y además le parecí buena compañía como me comentó y por ello me ofreció seguir camino con él hasta Hamilton, a poco más de 130Km de Auckland, siguiendo hacia el norte.

Me preguntó si tenía alguna opción para quedarme a dormir en algún hotel y le comenté que con mi economía, no me podía permitir el lujo. Por la pregunta, y mi respuesta, pensé que me ofrecería alojamiento también, pero no. Entonces me propuso buscar un autobús para que hiciese el último tramo, busqué en una web, la primera que salió en el buscador, el que encontré salía hacia las 6 de la tarde y no había más hasta el día siguiente por la mañana. Esto era un handicap, ya que por la noche no es muy seguro hacer dedo y normalmente los conductores tampoco confían en recoger a nadie desconocido.

En ese momento alguien le llamó por teléfono, era su chica que le estaba esperando y Jade le pidió que buscase ella alguna opción en internet para mi, tanto de alojamiento, como de viaje. Los precios que nos comentó se salían de mi presupuesto, pero en un momento dado me dijo que probase con la compañía de autobuses más barata de Nueva Zelanda: Nakedbus o Manabus, que son la misma, pero no iguales, para ver si tenían algún viaje esa tarde. Ya la conocía por haber viajado con ellos y efectivamente, lo tenían, si bien el último autobús era a las 7.30pm.

Jade me comentó que no estaba muy seguro de llegar a tiempo. El calculaba que nos quedaban algo más de 2 horas, eran en ese momento casi las 6pm y recién salíamos de casa de sus familiares en Turangi, donde había que parar para dejar unas cosas y saludar. Aquí era donde me dijo que me dejaba al principio, nada más recogerme en la carretera de Palmerston North.

Poco antes habíamos hecho una parada de unos minutos para admirar desde la carretera la inmensidad del monte Ruapehu, con los dos cráteres de los volcanes nevados y que se veían claros e iluminados con los últimos rayos de sol del día. Quizás de haber chequeado antes la web de los autobuses, no hubiésemos parado, pero nos hubiésemos perdido el espectáculo.

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Visto lo visto y con el tiempo echándosenos encima, Jade apretó un poco más el acelerador, no mucho, sino la multa por exceso de velocidad podía ser importante, pero lo suficiente para que los kilómetros se recortasen más rápido y albergara la esperanza de llegar a tiempo.

Entrábamos en Hamilton con el depósito de gasolina en la reserva desde hacía unos cuantos kilómetros, que le añadía un poco más de épica al momento y alrededor de las 7.25pm, por lo que estábamos en los cinco últimos minutos para que el autobús saliese hacia Auckland. Aquí se suelen respetar los horarios estrictamente y era una pena por unos pocos minutos perderlo, por lo que tampoco podíamos parar en la gasolinera. Así que se la jugó e hizo más de lo que hubiese pedido a cualquiera: apuró el deposito y se saltó un par de semáforos de la ciudad y, sin ser como en las películas, frenó justo en la primera parada de la terminal tras la curva de la calle principal.

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Los que estaban esperando al autobús en esa parada se quedaron algo sorprendidos, además les preguntamos con cara de velocidad si ya había salido el autobús para Auckland, no estaban seguros, no eran pasajeros de él, pero nos comentaron que efectivamente un autobús acaba de irse. Jade me indicó que bajase del coche y fuese a buscar algún autobús en los alrededores y él seguiría preguntando en las paradas.

No había yo doblado la primera esquina y me llamó a voz en grito, haciéndome gestos con la mano para que me acercase. Ya allí me dijo que había personas que todavía estaban esperando ir a Auckland, por lo que, afortunadamente para mi, el autobús se había retrasado. Ya digo, algo raro en este país donde todo está muy organizado y los retrasos no son frecuentes. Mientras esperaba que llegase el autobús, busqué de nuevo en la web con la intención de comprar el billete por internet, pero estando fuera de hora, ya no me dejaba.

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Jade, apareció de nuevo, ya nos habíamos despedido hacía unos minutos, para devolverme mis guantes que me los había olvidado en el coche con las prisas. Todo un detalle. Otro más de este neozelandés que se jugo algo más que una multa por que yo llegase a tiempo.

Recorriendo mis últimos kilómetros en Nueva Zelanda

Yo andaba todavía nervioso al no haber podido comprar el ticket por internet, ya que no sabía seguro si llegaría a tiempo y si lo podría comprar allí mismo, así que esperaba no tener que quedarme en Hamilton por este detalle. El conductor, que reconocí porque había conducido hasta Katikati cuando empecé este recorrido por la isla norte, me dijo que le podía comprar el billete directamente a él, el detalle era que me saldría unos 9 dólares más caro. Obviamente acepté y pagué religiosamente el precio.

El viaje fue tranquilo, pude colocarme en el asiento delantero, del piso de arriba. Estos autobuses son como los que conocemos que recorren Londres, con dos pisos. Desde allí, aunque no muchas por culpa de la luz, pude hacer algunas fotos y pasar el rato entre mi móvil y los paisajes nocturnos que me ofrecía el viaje.

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Llegamos a Auckland a la hora prevista y yo con suficiente tiempo para encontrar y seguir camino. Mi siguiente destino era Henderson, un suburbio de Auckland desde donde tendría que hacer un nuevo cambio y llegar hasta Herald Island, donde me esperaban Andrea y Steve, unos ingleses que vivían en Nueva Zelanda en ¡un velero!

En Auckland confiado en el tiempo, me dejé llevar. Creía que el autobús que tenía que coger, paraba al lado de Britomart, la estación de ferrocarril en el centro, sin embargo, obras que se están acometiendo en esta zona para convertirla en peatonal, han obligado a cambiar muchas paradas de los autobuses que paraban alrededor y eso me complicó un poco el tema.

Ande calle arriba, con mi mapa offline creía que lo tenía hecho, pero me pasé de calle, volví sobre mis pasos y le pregunté al “gorila” de la puerta de una sala de fiestas por la calle que buscaba, me indicó y al acercarme vi que me esperaba una buena cuesta arriba, que, cargado con las mochilas, la maldije.

Asfixiado cuando llegué a la cumbre de la calle, tenía que seguir buscando, ya que eso indicaba mi mapa, todavía seguía confiando en él, aunque no fuese muy fiable. Llegué hasta la torre de Auckland, no la había visto de noche, así que me alegró y pude sacar alguna foto desde abajo. Pregunté a un taxista, no sabía muy bien donde tenía que ir, pero me dijo que detrás estaba la gran terminal de autobuses de Auckland. Allí me dirigí y me llevé la sorpresa de que a esa hora ya estaba cerrada. No eran más de las 22h y mi autobús, el último salía en poco más de 10 minutos. El tiempo se me había vuelto a echar encima y me estaba volviendo loco por los cambios de las paradas.

En la misma terminal pregunté a una chica china que parecía una trabajadora de allí, si sabía donde tenía que ir a por mi autobús. Ésta llamó a otra chica china, que también salía por la misma puerta y finalmente se unió un chico, también chino, que por lo visto también terminaba su turno. Entre los tres lograron ayudarme y volvimos juntos a la torre de Auckland, donde había una parada de autobús de línea y allí, justo allí, era donde tenía que esperar. Mientras les decía mi nacionalidad y una de ellas me saludaba con un “hola”, apareció mi autobús. Les agradecí encarecidamente con palabras y gestos, que me hubiesen ayudado y el autobús arrancó.

Mi móvil estaba sin batería, me quedaba apenas el 2% y eso significaba que perdía toda opción de saber exactamente mi destino. Probé mi recargador, aquel que Tommy me había regalado en Hanoi (Vietnam) hacía más de un año, y tuve la fortuna de que aún le quedaba algo de carga para conectar el teléfono. Ahí tenía el mapa para enseñárselo al conductor del autobús, porque con mis explicaciones no sabía lo que le estaba diciendo, ni donde iba.

Cuando vio el mapa me tranquilizó, sabía donde quería ir y él me avisaría cuando llegásemos a la parada del siguiente y último autobús al que me debía de subir. En mi mismo autobús iba un chaval joven que conocía algo España y lo comentamos. Cuando llegamos a la parada donde cambiar, el conductor hizo de guía para nosotros y también le explicó a su compañero donde quería llegar yo.

Anthony, el nuevo conductor, sabía perfectamente donde tenía que ir y durante el trayecto, cuando el chico joven se bajó del autobús y nos quedamos solos, tuvimos una larga y amena conversación, en la que me contó que era natural de Sri Lanka y que vivía hacía muchos años en Nueva Zelanda. Yo le hablé de mi viaje y esto le trajo recuerdos de cuando el también se movía y viajaba todo lo que podía, según me dijo.

La última parada del recorrido era donde yo tenía que llegar para reunirme con mis nuevos anfitriones. Anthony apagó el motor del autobús y yo ya cargado con las mochilas llamé a Andrea, tuve que repetir la llamada un par o tres de veces, pero por fin la cogió. Habló con Anthony que conocía bien el lugar y le explicó donde tenía que esperar hasta que viniese Steve a recogerme con la lancha. Anthony se quedó conmigo todo el rato, seguimos con nuestra charla y haciéndonos unas fotos de recuerdo. Él terminaba su trabajo a esa hora, eran más de las 11 de la noche y cuando Steve llegó nos despedimos y cada uno se fue a lo suyo.

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Había conseguido llegar desde Palmerston Norht a Herald Island en Auckland, con un coche y varios autobuses. Nunca dude de que lo conseguiría, pero tampoco las tuve todo el rato conmigo. Estaba realmente contento y satisfecho. Con Steve el reencuentro fue genial, me esperaban y además posteriormente me comentaron que con ganas de verme y enseñarme la vida en el barco. Pero esta será la historia con la que terminaré mi periplo por Nueva Zelanda y el contenido de mi siguiente artículo.

Hasta entonces y como siempre…

¡Pura Vida!

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