Nueva Zelanda V: Visitando Auckland y Katikati

Después de mi precipitada salida de casa de Jade, debido al “elemento distorsionador” que allí estaba, tenía que improvisar y buscar en unas horas, lo que normalmente me cuesta algunos días, esto es voluntariados donde ir, ayudando para ser ayudado y de esa manera sobrevivir durante el viaje, además enriqueciéndome con nuevas experiencias.

Esta improvisación me iba a costar un dinero, que si bien había podido ahorrar del ganado con el trabajo en casa de Tom y podía disponer de él, prefería usarlo en los siguientes pasos del viaje, muchos todavía. Tuve que buscar por lo tanto un lugar donde pasar la primera noche y me fui a un hostel en el centro de Auckland, mientras investigaba como moverme y gastar lo mínimo posible.

Un par de días en Auckland, preparando el recorrido

Jade me había comentado que el tenía que ir a Auckland a las tres de la tarde, pero sobre la una, el “elemento” comenzó con sus impertinencias hacia mi y, para no pasar a mayores, decidí salir disparado y no seguir aguantándolo, total ya tenía decidido irme, así que cuanto antes mejor. Dispuse mis mochilas y las bolsas con los alimentos que todavía me quedaban de la última compra, me despedí de Michel y Bastian que seguían allí y de Robyn, el vecino, con el que tenía muy buena relación, y salí a la carretera a hacer dedo para llegar por mi cuenta hasta Auckland.

En Piha, no hay autobuses de línea que hagan un recorrido entre una de las playas más populares y la ciudad y aunque en estas fechas podría parecer normal, ya que es otoño-invierno y no hay tanto turismo, en verano ocurre algo parecido aún siendo la playa preferida por los surfistas y visitantes del país, así como de los habitantes de Auckland. El autoestop funciona como me habían dicho; me di cuenta, cuando, en ese momento, tuve que utilizarlo para moverme.

Afortunadamente ese día estaba apacible y el sol lucia, que era un punto a mi favor, porque si por algo se destaca Nueva Zelanda es por la inestabilidad del tiempo y la abundante lluvia en esta época del año. Chris me recogió a los quince minutos de esperar y me dejó al lado del hostel que había elegido ya que lo conocía perfectamente. Durante la charla del trayecto, me dijo que era el propietario de un pub en una de las zonas de marcha de Auckland, que finalmente no pude conocer.

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Cuando llegué al hostel, me atendió Julia, una chica brasileña encantadora, amable y atenta con los clientes. Allí estaba también Nicolas, un chileno que enseguida detectó mi acento español hablando inglés y me preguntó por ello. Charlamos un rato y tras dejar mis cosas en la habitación, nos fuimos juntos a comer a un restaurante oriental que él ya conocía, enfrente del hostel y que no era caro.

Tras la comida volvimos al hostel, yo para intentar conectarme a internet y descansar y Nicolas a trabajar a un restaurante donde ejerce de camarero, con un permiso de trabajo llamado Working Hollidays y que puedes solicitar solo hasta los 31 años. Después de intentarlo varias veces, la conexión de internet no me funcionaba y como la necesitaba urgentemente, ya que debía de seguir buscando opciones donde moverme los siguientes días, así como el mapa del recorrido a hacer, finalmente opté por compartir mi propia conexión del móvil con el ordenador para poder trabajar.

Envié varios mensajes a voluntariados, finalmente sin éxito, ya que únicamente uno de los siete que elegí y escribí me contestó, además para decirme que no necesitaban a nadie en ese momento. Me sorprendió, porque mi primera experiencia buscando voluntariados, antes de llegar a Nueva Zelanda, fue todo lo contrario: los anfitriones me respondieron enseguida y todos de forma afirmativa. Entonces se me ocurrió probar con Couchsurfing, que hasta el momento no lo había utilizado en Nueva Zelanda.

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Como la dirección que tomar no me importaba, me decanté por recorrer la costa este, que no la había podido conocer y donde se encontraban algunas de las ciudades y pueblos más interesantes del país para visitar. Con la decisión tomada del recorrido que hacer, comencé con la búsqueda de personas que quisiesen ayudar y recibir al viajero.

La mañana siguiente me desperté temprano, quería revisar pronto los correos por si había tenido alguna respuesta a mis solicitudes y según lo que me encontrase, comenzar con el periplo o alargar un día mi estancia en el hostel de Auckland. No había ninguna, así que decidí quedarme y seguir con la búsqueda. Extendí mi reserva en el mismo lugar a través de internet y como eran cerca de las 10 de la mañana, hora tope para abandonar el hostel, fui a recepción a avisar de mis intenciones y de la reserva. La chica de recepción, que no era Julia y ya conocía de la noche anterior, así como su antipatía, me dijo que no podía, que debería de haberlo hecho en el mismo hostel y que tenía una penalización económica.

Esto me sorprendió y se lo hice saber, me señalo un cartel pegado en el mostrador, que se perdía entre toda la publicidad de tours, actividades, etc que tenían junto a él. Por supuesto me negué y le dije que diese por anulada la reserva, a lo que adujo que era tarde y debería de pagar ¡¿solo habían pasado cinco minutos y era tarde?! De nuevo no acepté el argumento y le pedí hablar con el manager, que en ese momento no estaba, pero al parecer llegaría a lo largo de la mañana. Decidí esperar y pedí que me avisase cuando llegase, para hablar con él.

Nunca lo hizo y yo, inmerso como estaba en mis cosas me despisté. Decidí volver a recepción y volver a preguntar, entonces ya había entrado de nuevo al trabajo Julia, que se mostró más comprensiva, aunque me dijo que no estaba en sus manos arreglar mi asunto. Totalmente de acuerdo, pero necesitaba una solución y si no la obtenía iba a llamar a la policía para poner una denuncia, ya que tampoco tenían hojas de reclamaciones.

Julia llamó al manager y le explicó mi caso de nuevo. Éste accedió a hacerme una rebaja, pero seguía siendo más dinero del que yo había pagado por la reserva, así que insistí en hablar personalmente con él. Recordé en ese momento mi conversación del día anterior todavía desde Piha, cuando hablé con un hombre que me pudo cambiar mi fecha de llegada. Había cometido un error al hacer la reserva y él me la cambió. Cuando se lo comenté a Julia, ella me confirmó que era la persona a quien estaba buscando.

Lo llamé, le expliqué mi problema y después de un rato de tira y afloja, y de excusas que me fue poniendo sin fundamento, la experiencia en los voluntariados en hosteles me daban un conocimiento de como funcionaban y se lo expliqué, accedió a mis peticiones y anuló la reserva sin gastos. Pero tenía que sacar mis cosas del hostel cuanto antes.

Reflexión: Todavía aún me pregunto, como alguien, prefiere perder un cliente antes que aceptar una reserva por internet, hecha sin el conocimiento de ‘su’ norma y perder todo el dinero a una pequeña parte. Aclararé que esta norma la pusieron cuando los huéspedes ya instalados ampliaban su estancia por internet, porque salía más barato que hacerlo directamente en recepción, algo inexplicable bajo mi punto de vista, ya que debería de ser más barato, al no tener que pagar una comisión a la agencia de reservas. Pero las políticas de empresa, no siempre son lógicas.

De todas formas el tiempo invertido antes de solucionar el tema, me sirvió, ya que recibí el mensaje del primer couchsurfer que me aceptaba y ya tenía mi primer lugar donde ir: Katikati.

Seguidamente para pasar la noche, busqué otro hostel en Auckland y antes de irme, regalé la mayoría de mis víveres a Julia y Nicolas, motivado por las normas del autobús que había reservado para viajar al día siguiente. Según leí, solo admitían una mochila grande en el maletero y una pequeña en el autobús contigo y las bolsas de la comida eran demasiado, aunque me guardé parte, que si podría repartir entre ambas mochilas para no pagar el sobre coste que advertían. Finalmente creo que no hubiese habido problema, pero prefería no comprobarlo, parecía que los astros no me acompañaban.

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Ya en el nuevo hostel, me recibieron con los brazos abiertos, un lugar más pequeño, igual o más cuidado, ocupado por franceses en su mayoría y también con cocina para poder cocinar tu mismo, pero además con internet gratuito para los clientes. En el anterior hostel tuve que pagar 3NZ$ por 200 ó 500Mb, no recuerdo bien, aunque cuando protesté porque no funcionaba me los devolvieron, todo hay que decirlo.

Comienza mi periplo por Te Ika-a-Maui: Primera parada Katikati

Te Ika-a-Maui es el nombre maorí de la isla norte y Katikati, un pequeño pueblo en la costa este, no muy lejos de Auckland, a unas tres horas de viaje en bus. Seguí a Rotorua, una ciudad pegada al segundo lago de la isla, por cierto Rotorua en maorí significa eso exactamente: segundo lago, ya que el primero está en Taupo, siguiente destino y para finalizar mi periplo fui a Palmerston North, un pequeño pueblo muy cerca del límite sur de la isla norte y cerca de la capital administrativa del país: Wellington.

El couchsurfer de Katikati que me contestó se llamaba Ian, que según leí en su perfil también era viajero y había recorrido en moto varias partes de Sudamérica, por lo que pensé haríamos buenas migas, como así fue. Mi solicitud fue para un par de días.

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Ian vive en una granja, a las afueras del pequeño pueblo de Katikati con su familia y cuando llegué en el autobús, me recogió Elaine, su hija. Antes de que llegase me dio tiempo a hacer una compra, ya que la parada estaba justo en la puerta de un supermercado, algo que era perfecto para mi modo de moverme y corresponder a mis anfitriones. Esa noche podía invitarles a probar mi tortilla de patatas y hacer una ensalada para acompañarla como agradecimiento a su hospitalidad, si además disfrutan y les gusta lo que cocino, la satisfacción es mucho mayor, como así sucedió.

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La mañana siguiente fue tranquila, con conexión a internet pude revisar mis correos y trabajar en el blog. También cuando llegó el momento, cocinar para Hamish, el hijo que estaba de visita en casa, y para mi. Hamish es militar del ejército neozelandés e hicimos buenas migas. Preparé una pasta con atún y salsa de tomate, un plato sencillo, pero que él no había probado nunca antes y le gustó.

Por la noche, de nuevo con la familia al completo, se encargó de preparar la cena Anthea, una australiana que está hospedada en la casa y que cocinó un plato de noodles al estilo oriental con curry. Le pude echar una mano y colaborar de nuevo, también fregando los cacharros al terminar.

Cuando se retiraron a dormir Anthea y Hamish, Ian y yo nos quedamos con unas cervezas charlando de los viajes que ambos habíamos hecho y mirando mapas con los recorridos de ambos. Ian en un momento dado encontró el mapa de las antípodas, que antes de comenzar el viaje yo había podido ver y guardar, pero que perdí al arreglar mi ordenador en Turquía. Posteriormente lo había buscado, pero sin éxito, así que fue una alegría para mi, ya que podría buscar el punto exacto del kilómetro 0 de España y llegar a él. Por cierto, en Madrid el kilómetro 0 es la Puerta del Sol y en Nueva Zelanda, sus antípodas, un pequeño pueblo llamado Weber.

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Después de la conversación ambos nos retiramos y nos despedimos por si no coincidíamos de nuevo, aunque a la mañana siguiente yo me levanté pronto para poder agradecerles de nuevo su hospitalidad y decirles adiós antes de que se fuesen a trabajar.

Entre las 10 y las 11 de la mañana, con un cielo cubierto y amenazando lluvia, Hamish me llevó a la carretera de Katikati. Cuando llegamos, la amenaza de lluvia ya era una realidad, pero ya estábamos en camino y no podía demorar más mi salida y me acercó hasta un punto a las afueras donde podría comenzar con mi idea de viajar haciendo autoestop. En Nueva Zelanda, se dice que hay mucha gente dispuesta a ayudar y parar a un autoestopista, mi experiencia era poca, únicamente entre Piha y Auckland, pero comprobé en los siguientes días que la fama está ganada con razón.

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Pero esto es otra historia, la de mi siguiente artículo del viaje, donde contaré, mi periplo por Te Ika-a-Maui, mis vivencias haciendo dedo y os presentaré a los couchsurfers que me acogieron en las distintas ciudades y pueblos que visité.

Hasta entonces y como siempre…

¡Pura Vida!

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