Nueva Zelanda VII: Palmerston North I. La ley de la compensación

La ley de la compensación existe, eso me volvió a demostrar la vida en este viaje mágico que estoy haciendo y viviendo tan intensamente, y es que tras la tempestad viene la calma, por decirlo de alguna manera. Lo explicaré durante este y el siguiente artículo.

Tras unos días conociendo la hospitalidad de los “kiwis” haciendo dedo, pero también con algunos momentos difíciles, sobre todo por no entender muy bien el trato de mi último anfitrión en Taupo, mi siguiente destino era Palmerston North. Aquí me esperaba Miguel, un couchsurfer con el que había quedado en llegar a su casa el lunes y aunque intenté localizarlo para adelantar un día, ya que tuve que salir antes de lo previsto por mi de casa de Mike, no pude y tenía que improvisar.

En mi búsqueda en las páginas web de hosteles, a través de hoztel.com, no aparecía ninguno, me extrañaba, pero todo era posible. Palmerston North es una ciudad pequeña y podía ser que solo tuviese hoteles, algo que me obligaría a gastar más de lo deseado y además suelen ser menos amenos y solidarios.

Viajando entre Taupo y Palmerston North

Mike tampoco hizo amago de acercarme los kilómetros que separaban su casa, del cruce que me explicó y como la experiencia no estaba siendo la mejor, ni lo plantee, sencillamente me despedí de él, agradeciendo su ayuda en la ciudad y seguí camino. Afortunadamente la carretera no estaba muy alejada de su casa, lo había podido ver el día anterior cuando salí a dar un paseo para conocer Taupo y eso ya era una pequeña ventaja.

Ande alrededor de 5km hasta encontrar el cruce, no mucha distancia, pero cargado con las mochilas y con pequeñas colinas que atacar, se hizo algo más duro. También es verdad que los días anteriores había podido entrenar algo con las caminatas hechas y me ayudó a notar menos el cansancio.

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Mike me había dicho que el cruce de la carretera que salía de la ciudad y la principal, en una rotonda era el mejor lugar para hacer dedo, aún así durante el camino, cada vez que escuchaba algún motor acercándose por detrás, me volvía y lo intentaba. No parecía que tuviese mucha suerte. Al igual que en anteriores días, los conductores me hacían el gesto que se desviaban en la siguiente entrada y no iba a avanzar mucho con ellos. Poco antes de llegar al cruce un coche se paró, era quien me recogería y aunque no llegaría hasta Palmerston North, me dejaría muy cerca, en un pueblo llamado Bulls.

El camino entre Taupo y Palmerston North fue un contraste continuo con cambios de paisajes: de las montañas, al desierto, con alguna pequeña población en medio y después de nuevo el verde que es lo que predomina en Nueva Zelanda. Con Aaron, que era el conductor mantuve una conversación muy agradable. Me contó que era funcionario de prisiones y que estaba preparándose para ser policía. Lo mejor de todo esto es que lo hacía porque era la manera en la que el podía ayudar a los demás.

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Su trabajo en la cárcel, era el de ayudar a los presos a rehabilitarse y por ello le encantaba, según me contó. Algo que durante los más de 200km que recorrimos juntos pude comprobar, escuchando sus historias. Él, atento, prestó atención a todo lo que le conté acerca de mi viaje y, como todos las personas que había podido conocer hasta el momento, también se mostró interesado en el recorrido y como me había ido buscando la vida por el camino, para llegar a Nueva Zelanda, fin de la primera etapa del viaje.

Cuando llegamos a Bulls, la lluvia caía con gran intensidad, no era un aguacero, pero se le acercaba. Le pedí que me dejase en la estación de servicio antes de salir del pueblo para poder refugiarme y preguntar a los conductores y allí me dejó. No tardé mucho en salir de nuevo a la carretera y probar suerte. Realmente en la gasolinera no pregunté a nadie, simplemente esperé a que lloviese menos y me puse a andar. Me paré en una señal que indicaba Palmerston North, me pareció buena idea, quizás los conductores entenderían el mensaje que estaba lanzando de hacia donde quería ir, aún así, seguía en el perímetro de la ciudad, que no se puede considerar el mejor sitio para hacer dedo.

Pasaron no más de cinco minutos mojándome, cuando oí unas voces que chillaban como llamando a alguien, me volví para mirar, pero no conocía a nadie allí, por lo que descarté que fuese a mi a quien se dirigían. Seguí en mi posición con el dedo señalando la dirección y volví a oír esas voces con más intensidad y más cerca. Otra vez me volví e hice un gesto señalándome a mi mismo. La persona que gritaba me afirmó con movimientos de su cabeza que sí, que era yo a quien llamaba y que me acercara, así lo hice. Me preguntó donde iba, le contesté que Palmerston North y entonces me invitó a subirme con su familia en el coche; pasaban por allí, de camino a su destino y me podían acercar.

Me alegré, especialmente por como estaba sucediendo todo y por dejar de mojarme, más mis cosas que yo. En Nueva Zelanda además es invierno, con lo que a la lluvia se une el frío de la estación. Menos mal del jersey de lana que me regalaron Lulu y Mathias en Australia, que fue una ayuda inestimable durante mi recorrido como autoestopista, para no pillar un resfriado, poco o nada conveniente, en un viaje como el mío.

Cuando entré en el coche me encontré con el pequeño Mason, muy simpático y con cara de travieso, que me miraba alucinado preguntándose quien era ese del sombrero y pelos largos. Le saludé, el me devolvió una sonrisa y después me seguí presentando a Stacey, su madre, y Morris, su abuela, que iban sentadas en la parte delantera, y Mark, que era quien me había llamado e invitado al viaje.

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Les conté que estaba buscando un hostel donde dormir, ya que no lo había podido encontrar por internet y muy inteligentemente me llevaron hasta el edificio de información turística en el centro de Palmerston North. Allí me despedí de ellos con unas fotos para el recuerdo y siguieron su camino.

Llegué a Palmerston North

Entré en el edificio de información turística y me atendió una chica, que por el acento me sonó a que no era neozelandesa, a mi parecer francesa residente en el país, con su visado de trabajo. Me indicó que conocía un hostel donde ella también había vivido a su llegada a la ciudad, lo que me confirmó lo que sospechaba: una estudiante en Nueva Zelanda, con trabajo. El precio del hostel era realmente caro: 30NZ$, y a mi comentario me respondió, que la otra opción que tenía todavía costaba más. Me indicó en un mapa turístico como llegar y me dirigí hacia allí pasando antes por un cajero para sacar fondos. El camino no fue fácil, tuve que preguntar un par de veces a los transeúntes que me crucé antes de dar con él, para no perderme.

El hostel era visible, pero se ubicaba en el lateral de una carretera que daba salida a la ciudad y yo esperaba encontrarlo en un sitio, quizás, más céntrico. La Universidad de Massey estaba a dos pasos, así que la localización no era mala para los que seguramente serán sus ocupantes la mayor parte del año. El edificio era una casa de una planta, casi residencial, muy bien acondicionada y limpia, con un gran parking a la entrada. Lo atendía una señora mayor con su marido, que hacía el lugar si cabe, más familiar.

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Entiendo porque no lo encontraba en las web de búsqueda de hosteles, si que suele estar me dijeron, pero solo en temporada alta, ya que las comisiones se quedan una parte del precio y con la poca ocupación no salía rentable. La señora me entregó la llave de mi dormitorio, había tres literas y seis camas y una pequeña mesa, yo ocupé la más cercana a la puerta y en la parte baja. La habitación era totalmente para mi, así que podía elegir con toda libertad.

La señora me vio mojado de la lluvia y me señaló el salón que tenía la chimenea encendida para entrar en calor y secarme. Además me entregó una tarjeta con 200Mb para navegar en internet. En Nueva Zelanda es raro encontrar un wifi totalmente gratuito y sin límites, en los lugares públicos. El crédito se me acabó muy rápidamente ya que olvidé de cerrar mi Dropbox y comenzó a descargar las fotografías acumuladas agotándolo antes de que pudiese terminar mi trabajo en el blog. Me enfadé conmigo mismo por el despiste, ya que mi crédito en el móvil también se me había agotado y eso me hacía estar desconectado hasta el día siguiente.

No me di mucho más mal y me fui a preparar mi cena, un arroz tipo paella que me comí hambriento y fui a dormir pronto. Estaba agotado y con pocas cosas más que hacer, así que la mejor idea era relajarme y descansar, además la lluvia seguía cayendo con fuerza a esas horas y pasear no se hacía una actividad muy agradable.

Amanece un nuevo día en Palmerston North

Como me había acostado pronto, me levanté también pronto, todavía ni siquiera había amanecido. Fui directo al baño y tras mi ritual de higiene matinal, me hice mi desayuno energético. Esperaba que mi anfitrión viese mis mensajes y antes de que llegase la hora de dejar el hostel habernos puesto en contacto.

Llamé a la compañía de teléfonos de la que tenía la tarjeta SIM, porque la información que necesitaba para recargar mi crédito no me estaba ayudando; la aplicación de la operadora me obligaba a comprar mínimo 20NZ$, que para el poco tiempo que me quedaba de estar en el país, no me apetecía, ya que seguramente no lo agotaría. La sorpresa me la dio el servicio de atención al cliente, que cuando le expliqué mi caso, me dio un número que marcar en el que debía de introducir unos códigos que me regalarían, cada vez que lo hiciese 5NZ$ para recargar, así podría utilizar la línea de internet durante unos días ¡¡¡gratis!!!

Una sorpresa continua con las compañías de teléfono, tanto en Australia como en Nueva Zelanda, ya que el servicio que ofrecen a los clientes algunas de ellas, por lo menos las que he utilizado yo en ambos países, es espectacular, llegando a regalarme crédito. E incluso pudiendo recuperar lo pagado cuando lo hice con tarjeta de crédito, en el caso de Australia con Telstra, recomendable esta compañía y ese plan en concreto, si visitas el país.

Nada más colgar con el operador de la compañía de teléfonos, e introducir mis primeros 5NZ$, recibí una llamada, era la de Miguel, que acaba de leer mis mensajes y preocupado me preguntaba donde estaba. Cuando le contesté que estaba en el hostel y que había hecho noche allí, se calmó y me explicó que el fin de semana había estado fuera y no había encendido el móvil, por lo que no había sabido nada de mi.

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Me propuso recogerme en el hostel con su coche, enseguida. Yo ya tenía las mochilas casi preparadas, así que quedamos en 10 minutos. No tardó ni siquiera ese tiempo y al poco de colgar ya estaba en el parking del hostel esperándome con su coche. Recuperé los 50NZ$ que tuve que entregar como depósito por la llave de la habitación, me despedí de los propietarios y salí a la calle. Miguel, un chileno residente desde hace años en Nueva Zelanda, me dio un abrazo de bienvenida, me ayudó con las mochilas y nos dirigimos a su casa.

En el siguiente capítulo dedicado a Palmerston North os contaré lo que viví en casa de Miguel, con él y sus compañeros de piso que fue increíble y me recuperó totalmente del ánimo bajo con el que llegué, además de conseguir pisar las antípodas exactas de Madrid, en una ciudad llamada Weber.

Hasta entonces y como siempre…

¡Pura Vida!

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