Navegando por el Pacífico: Samoa

Comenzaré el artículo pidiendo disculpas a todos vosotros que seguís mis historias alrededor del mundo. Hace varias semanas que no publico en el blog y la razón es que el territorio por el que estoy navegando, el Pacífico, en la mayoría de los países internet, es un bien escaso o de lujo. Incluyo que durante la navegación cambiando de islas, no es posible la conexión a internet si éste es accesible y me estoy moviendo mucho.

Dicho esto, para empezar voy a dedicar mis primeros párrafos a poner en situación el viaje por el Pacífico y posteriormente el primer lugar de la lista que tenía para visitar: Samoa Occidental.

Siempre, desde pequeño, soñé con visitar la Polinesia, pero era un sueño que veía tan lejano, que Incluso cuando comencé con los preparativos del viaje, ni siquiera repasé el mapa de la zona por considerarlo prácticamente inaccesible para alguien que viaja con recursos muy limitados, como es mi caso.

Por otro lado, viajando y descubriendo nuevas maneras de poder hacerlo con el mínimo presupuesto, se me presentó la oportunidad de ser voluntario en barcos, sobre todo veleros de recreo y a partir de entonces fue cuando empecé a ver y revisar mapas para situarme y conocer donde se encontraban países con nombres tan desconocidos para mi como: Kiribati, Tuvalu o Wallis y Futuna, por poner unos ejemplos. Y la sorpresa fue grande cuando vi que no solo iba a poder cumplir mi sueño de juventud, que era visitar la Polinesia o parte de ella, sino que además iba a cruzar otros territorios del Pacífico: Melanesia y Micronesia culminando una primera parte del viaje que en un principio finalizaba en Nueva Zelanda y que leyendo descubrí, se describía como territorio polinesio.

Cuando comienza todo

A Fiyi tuve que ir porque no tuve más remedio, aunque fue una obligación que cumplí con ganas. Desde Australia me obligaron a comprar un billete para abandonar Nueva Zelanda cuando expirase el visado de turista que era de tres meses. Elegí Fiyi, país de la Melanesia, porque fue el billete más económico que encontré en ese momento, revisando webs de viajes en el aeropuerto de Sídney a toda prisa, para no perder el vuelo con el que abandonaría Australia. Tener un billete de retorno o abandono del país se repetía en Fiyi, pero tenía tiempo de pensar como montármelo y buscar un nuevo destino en Nueva Zelanda. Finalmente, como conté en este artículo dedicado a mi paso por Fiyi, conseguí hacer una pequeña trampa que me libró de comprar un billete.

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Esta situación que yo sepa, se repite en todos los países isla del Pacífico, donde al llegar debes de mostrar tu billete de retorno o de salida a otro país tras terminarse tu visado, cuya duración varía dependiendo del lugar. En Samoa, pude cumplir este requisito por dos vías: la primera fue un billete de avión que no estaba comprado, simplemente reservado y que conseguí por si la segunda no se confirmaba y que era la correcta: un permiso de inmigración permitiéndome entrar ya que me iba a unir a un velero y con él me iría del país. Lo conseguí, pero fue el penúltimo día antes de mi vuelo hasta Samoa, en sábado, para mi sorpresa, aunque lo había solicitado con algo más de diez días de antelación.

En cuanto al velero con el que cruzaría este basto océano lo encontré a través de una web que pone en contacto a tripulación y capitanes de barcos llamada www.findacrew.com y en la que me había dado de alta y rellenado mi perfil hacía varios meses. Eso sí, como conté en el tercero y último artículo dedicado a mi primera visita a Fiyi, la ley de la atracción existe y fue cuando lo necesité, cuando me llegó la invitación para unirme al barco.

El velero Awenasa se convierte en mi casa

Cuando Horst, capitán del velero Awenasa (“mi hogar” en idioma Cheyenne), me planteo unirme a su viaje como parte de la tripulación en la que mi labor sería la de cocinero y también ayudaría en las labores diarias de mantenimiento y durante la navegación, tuve que ser franco con él y hacerle saber que no tenía experiencia en alta mar navegando, necesitando aprender todo lo necesario para cumplir con mis obligaciones durante el viaje. Él lo sabía por haber visto mi perfil en la mencionada web, aunque no estaba de más recordárselo, así que aceptó mis limitaciones y me propuso viajar en avión hasta Samoa y allí encontrarnos. En el velero viajaría sin tener gastos, excepto los mínimos personales como tabaco y en alguna ocasión internet, ya que el cubriría mi manutención y cualquier otro que surgiese durante el viaje, como la entrada en los países si eran necesarios los visados de pago o las excursiones que él quisiese organizar.

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Me contó el recorrido que tenía previsto hacer y me emocioné imaginando que conocería por fin en persona, esa estampa típica que siempre vi de estas tierras, con gentes hospitalarias llenas de vida; mujeres con pieles tostadas y sedosas que recibían a los forasteros con guirnaldas de flores llenas de color y hacían lo posible para darles a conocer su cultura y sus tradiciones; con paisajes de ensueño, islas de coral y arenas blancas finísimas, llenas de cocoteros acariciados por las aguas color turquesa y peces multicolores moviéndose entre sus corales.

Ahora que conozco un poco estos parajes, puedo decir que mi imaginación no iba tan desencaminada y que también volaba demasiado. He comprobado que son pueblos amables, con una belleza exterior, pero sobre todo interior, que comparten en la mayoría de los casos lo que tienen, que se alegran de ver a extranjeros visitándolos y cuyos paisajes inspiran a la imaginación. Desde luego si no son paraísos en la tierra, se asemejan mucho.

Y este recorrido que Horst me planteaba iba a extenderse entre junio de 2016 y abril de 2017 visitando: Samoa, Wallis y Futuna, Tuvalu, Kiribati, Islas Marshall, Ponhpei, Chuuck, Yap, Guam, Palau y finalizando en Filipinas, con la suerte de que podría ver el resto del país que en mi anterior visita no pude conocer.

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Sin embargo como en cualquier cosa planeada a largo plazo, los imprevistos aparecieron y casi hacen que el proyecto cambiase de tal manera que no era reconocible en lo más mínimo, aunque finalmente cuando estoy escribiendo esto, todo ha vuelto a su lugar y ya he llegado a las Islas Marshall. Hubo algunos cambios como volver a Fiyi, que no estaba previsto en un inicio, por haber roto la vela mayor navegando entre Samoa y Wallis y Futuna y ser uno de los pocos países donde encontrar un fabricante de velas para sustituirla o, descartar Guam de la lista inicial por hallarse demasiado a norte de la ruta entre los Estados Federados de la Micronesia y Palau. Aún así, los cambios siguen sucediéndose continuamente, por lo que hay que estar abierto a lo que venga.

Primer destino: Samoa Occidental

El primer país que me tocaba ver y conocer del periplo era Samoa. Mi llegada fue en avión desde Fiyi, que tiene la mezcla de los melanesios, zona a la que pertenece étnicamente, pero también un poco de los polinesios. Llegué a Apia a mediodía, mi primera sensación es que la gente no era tan simpática y abierta como en Fiyi, donde continuamente sus gentes al cruzarse contigo te saludan con su “bula, bula” (hola o bienvenido, depende del momento) aunque no te conozcan.

Sin embargo en él aeropuerto samoano, donde me interese por una tarjeta SIM para mi móvil, las caras eran largas y esa amabilidad que luego descubrí con el paso de los días recorriendo las dos islas, no era tanta. Por supuesto los taxistas, haciendo su trabajo, estaban al acecho insistiendo una y otra vez y ellos si que eran simpáticos. Aún así siguiendo mi línea habitual durante el viaje por el mundo, buscaba el servicio de autobús, más económico y donde realmente ves y conoces la realidad de un país.

En Samoa, como en Fiyi los autobuses animan los recorridos con música a todo trapo. En el que me subí en el aeropuerto samoano para llegar a Apia, la capital, parecía una discoteca rodante, incluso con un volumen que resultaba molesto a los oídos. Por cierto, el autobús me costó 10$ samoanos o talas, como se llama su moneda en su lengua, que al cambio eran poco más de 3,5€.

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La tarjeta SIM que decidí no comprar en el aeropuerto la conseguí en el centro de Apia, donde nos acompañó uno de los viajeros del autobús al que preguntamos y que resultó ser oficial de policía. Yo había llegado a Apia con Kin, que casualmente viajó conmigo en el mismo avión. Kin era un malayo con el que había coincidido en la casa de Frances, la couchsurfer que nos acogió en Suva.

Mi siguiente objetivo, tras conseguir la tarjeta SIM y en un cajero sacar algo de efectivo en moneda local, ya que lo que había podido cambiar en el aeropuerto con mis últimos dólares fiyianos, me sirvió para pagar el autobús y poco más, era encontrar el puerto deportivo y ya allí buscar a Horst y su velero que me esperaban. Di alguna vuelta de más para encontrarlo, pero me resultó más sencillo de lo que al principio pensé.

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En el barco no había nadie, aún así subí a bordo y deje mis mochilas ya que tenía permiso para hacerlo. No aparecía nadie y el barco estaba cerrado, así que decidí dar una vuelta por las cercanías y me senté en una terraza enfrente de los pantalanes para refrescar mi gaznate y descansar de la caminata al sol, cargado con las mochilas. Al rato me pareció ver que alguien llegaba al barco y subía, me terminé la cerveza rápido y un picoteo que había pedido y me fui a saludar. Eran Horst e Ingrid que llegaban de dar un paseo con el pequeño Prince, el perro de Horst. Me presenté, se presentaron y oficialmente entré a formar parte de la tripulación.

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Los días que estuve en Samoa, me sirvieron para recorrer la isla principal llamada Upolu y ver algunos de los lugares recomendados por los agentes de viajes y las guías turísticas: el museo casa del escritor Robert Louis Stevenson; To Sua un agujero gigante creado por la actividad volcánica y donde te puedes dar un buen baño; los parques naturales Vailima, donde se encuentra la tumba del escritor; o del lago Lanoto’o que es el cráter de un volcán. Algunos de estos sitios tenían una tarifa de entrada, que Horst cubrió como se había comprometido.

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También salimos a navegar para ver la bahía Fagaloa, a unas 20 millas marítimas del puerto deportivo de Apia, con la intención de anclar y pasar un par de días, aunque tuvimos que volver después de un paseo por tierra y antes de que oscureciera, ya que el barco tenía una oscilación demasiado pronunciada a babor y estribor que dificultaba el descanso. En este viaje fue cuando descubrí que me afectaba el mal de mar, aunque con el paso del tiempo, la experiencia y la ayuda de pastillas antimareo durante un tiempo, es un vago recuerdo, afortunadamente.

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Por otro lado, a los pocos días de llegar yo al velero, otro barco que estaba amarrado al lado nuestro, nos ofreció a Ingrid o a mi ser parte de su tripulación. Era un barco chárter, esto significa que el capitán no es el dueño del barco, sino que está trasladándolo de un punto a otro, en este caso desde Detroit a Sídney y allí su propietario se hacía cargo de él. Yo preferí rechazar la oferta, he hice bien, sin embargo Ingrid, lo consultó con Horst y aceptó. Una de las facilidades que daba este barco, era la de pagarte un vuelo de ida y vuelta entre Australia y el destino que tu eligieses. Como Ingrid necesitaba ir a su país Austria, para ver a su madre, la propuesta le llegó en el mejor momento.

Antes de seguir camino hacía Wallis y Futuna y ya que se encontraba en el camino, nos paramos en la otra isla de Samoa Occidental llamada Savaii, que es más grande en extensión, pero menos desarrollada que Upolu. En los días que estuvimos anclados en bahía Asau, también pudimos hacer una visita turística por la isla y conocer algunos de esos lugares que están marcados como especiales y recomendados ver: los campos de lava volcánica de Saleaula con las iglesias destruidas en 1905 por la erupción que tuvo lugar en la isla, la cueva Peapea de origen volcánico, la piscina también de origen volcánico Mata Olealelo o darnos un baño en las aguas de la cascada de Afu Aau; para finalizar vimos los impresionantes sifones de mar que tienen lugar en Alofa’ aga y que se elevan hasta los 40 metros. El coche con el que recorrimos la isla, nos lo consiguió el oficial de policía que nos había pedido ver la documentación propia y del velero unos días atrás y que además consiguió a los guías que nos acompañaron durante todo el día.

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Curiosidades samoanas

Es curioso, las islas samoanas están divididas por la colonización, en dos grupos: la Samoa Occidental, de la que os he contado, y la Samoa Americana, al este y más pequeña, siendo una única isla. Las Samoas se las repartieron las potencias que dominaban estos mares en el siglo XIX: Alemania, Gran Bretaña y Estados Unidos. Los alemanes se quedaron con las occidentales, los británicos renunciaron a su cacho, a cambio de dominar las Islas Salomón que controlaban los alemanes y los americanos se quedaron con la que llevan su nombre intrínseco.

La cultura de ambos países es la misma, son hermanos de sangre, pero se diferencian por el nombre. Por otro lado, curiosamente la nueva línea que divide al mundo en el plano horario quedó entre las dos samoas, haciendo algo de magia por parte de las autoridades competentes, así que cruzando de la Samoa occidental a la americana ganas un día y haciendo el viaje al contrario lo pierdes.

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Durante un evento cultural para los turistas que se organizó un día y que pudimos ver Horst y yo de casualidad paseando, descubrí que los tatuajes, que hoy se han extendido al mundo entero, provienen de Samoa, donde sus ancestros ya los usaban, siendo una marca familiar y para nada algo decorativo como hoy en día. Los jóvenes, tanto hombres como mujeres, aunque son distintos diseños dependiendo del sexo, cuando han cumplido una edad suficiente, alrededor de los 15-18 años, comienzan con los tatuajes que poco a poco van cubriendo gran parte de su cuerpo.

Todo lo que te he contado, o la mayoría de las cosas, las puedes ver en vídeo. Comencé una serie y decidí finalizarla con el decimo capítulo, la titulé Entre dos Tierras y entre otras cosas, las suspendí por las dificultades para encontrar internet en muchos de los países, como ya he apuntado al principio del artículo y me creaba más estrés del necesario en un viaje así. Hubo otros motivos, pero el principal fue el que he expuesto. Puedes acceder a todos los vídeos pinchando aquí.

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El siguiente destino en el viaje por el Pacífico fue Wallis y Futuna, un país francófono y totalmente desconocido para mí hasta que tuve que buscar información sobre él, previo a la visita. Pero esto será lo que contaré en el nuevo artículo, espero que mas pronto que tarde.

Hasta entonces y como siempre…

¡Pura Vida!

 

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